El ‘Maquinista’ de la General

Dic 20, 2025

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El ‘Maquinista’ de la General

Una fábula sobre un tren sin control

En el vasto reino ferroviario de España, hubo un tiempo en que una locomotora llamada La General era el orgullo de la nación, un símbolo de avance y conexión. Su maquinista original era una figura de leyenda: silenciosa, diligente, cuya única vanidad era el perfecto funcionamiento de sus máquinas.

Pero los tiempos cambian. Al mando de La General ascendió un nuevo maquinista, Óscar, cuyo estilo distaba mucho del de su predecesor. Donde el primero veía engranajes y vapor, Óscar veía un escenario.

Desde su cabina, el nuevo maquinista proclamó a los cuatro vientos que «el tren vive en España el mejor momento de su historia». Mientras, en los vagones, la realidad comenzaba a chirriar. La General, cargada de promesas, empezó a sufrir de una extraña enfermedad: se detenía en mitad de la nada, a veces durante 14 horas, dejando a sus pasajeros sin luz, agua ni aire en plena canícula. Otras veces, un fallo en su sistema nervioso central –un servidor informático– la paralizaba por completo, colapsando las principales rutas del reino. Los viajeros, atrapados, miraban por las ventanas con desesperación, mientras en las redes sociales crecía un grito unánime: #OscarPuenteDimisión.

Ante cada avería, el maquinista Óscar no bajaba a la vía a supervisar la reparación. En lugar de eso, subía a la torre de señales más alta –una aplicación llamada Twitter– para entablar nuevas batallas. Cuando un gobernador del norte se quejó del «caos», Óscar replicó que la verdadera «vergüenza nacional» era el partido de su crítico. Si un analista señalaba que la legislatura estaba «acabada», el maquinista le espetaba: «El que estás acabado eres tú». Incluso cuando devastadores incendios asolaban el campo, él encontró tiempo para tuitear sarcasmos sobre las vacaciones de un presidente regional, en lo que sus rivales llamaron «frivolizar con el dolor ajeno».

En el taller de locomotoras del Congreso, los capataces de la oposición lo interpelaban. Le mostraban estadísticas de viajeros abandonados y líneas paralizadas. Su respuesta, sin embargo, era siempre la misma: negar el «caos» y proclamar récords. Aseguraba que un sistema en verdadero desorden no podría crecer a dos dígitos, y espetaba a sus críticos que eran «nostálgicos» de una época con menos trenes. Los problemas, según él, siempre eran herencia del pasado, sabotajes, o simples molestias propias de unas obras de mejora sin precedentes. La idea de asumir una responsabilidad ministerial parecía tan ajena a él como el manual de reparación de una locomotora de vapor.

Su actitud le valió ser reprobado tres veces en el Senado, acusado de «machismo, soberbia, matonismo e incompetencia». Pero él, impertérrito, seguía en su cabina, convencido de que el ruido de sus discursos en la torre de señales ahogaría el chirrido de los frenos de La General.

La fábula del maquinista Óscar y La General se convirtió en una lección para el reino. Demostró que un conductor obsesionado con la pelea política y ajeno al mantenimiento de su máquina, termina por conducir a todo el sistema al desprestigio y la desconfianza. Los viajeros aprendieron que las palabras grandilocuentes no calman la sed en un vagón a 40 grados, ni arreglan una catenaria rota. Y que un tren, por muy rápido que vaya, no llega a buen puente si quien lo guía está más pendiente de la próxima confrontación que del estado de la vía.

Finalmente, la historia recordó al verdadero maquinista de la General, aquel que, con esfuerzo callado y dedicación exclusiva, conseguía hazañas. Y entendió que en la gestión de lo público, como en el ferrocarril, el exhibicionismo y la chulería son malos sustitutos de la competencia y el trabajo serio.

 

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