Fidelidad, silencio y un sobrecito para Navidad
En la academia de gobierno de la Moncloa no se enseñan políticas públicas, oposición ni mérito. Se imparte un máster en lealtad canina, otro en amnesia selectiva y, para los más aventajados, un doctorado en cómo desaparecer pruebas mientras repites como un mantra: «no me consta». España asiste, entre la indignación y el esperpento, a la consolidación del modelo mafioso como forma de hacer política.
Dice un viejo refrán español que el que no se consuela es porque no quiere. Y nosotros, los españoles de a pie, debemos estar muy consolados. Porque tenemos un gobierno que, ante cualquier pregunta incómoda sobre comisiones, mordidas o sobres en B, despliega un repertorio de respuestas tan variado como instructivo. Es el «cuento chino de siempre» , pero contado con tanta desfachatez que casi merece un Óscar.
Imaginemos la escena. Un periodista pregunta al alto cargo de turno por qué su jefe de prensa, que no tiene más mérito que haberle llevado el termo de café durante la campaña, acaba de ser nombrado como nuevo secretario de Estado de Comunicación. La respuesta, siempre medida, siempre institucional: «No sabía nada, no me consta, no tenía información» . Es como si gobernar un país consistiera en no saber absolutamente nada de lo que ocurre en tu propia casa. Es el triunfo de la amnesia preventiva.
Y ojo, que son contundentes. No como otros, que dudan. Ellos miran a la cámara con la firmeza del que acaba de aprobar un examen de hipocresía avanzada y sueltan la coletilla estrella: «tolerancia cero» . Tolerancia cero con la corrupción, dicen. Y uno piensa: si esto es tolerancia cero, no quiero imaginar qué sería la tolerancia máxima. ¿Indultos generalizados? ¿Calles con su nombre? Porque con los casos que acumulan, desde Koldo a Ábalos, pasando por las comisiones de mascarillas y los hidrocarburos, ya deberían haber agotado todas las tazas de «tolerancia cero» del desayuno.
Luego está el mantra feminista. «Yo sí te creo, hermana» . Un eslogan precioso, la mar de solidario. Se aplica, eso sí, con criterios muy selectivos. Porque si la hermana es una ministra imputada, la creemos. Si la hermana es la pareja de un presidente y tiene problemas con la justicia, la creemos. Si la hermana es la mujer de un asesor que se ha llevado comisiones, la creemos. Pero si la hermana es una víctima de ETA o una madre que reclama una plaza de comedor escolar, pues igual la dejamos en visto. La sororidad tiene estas cosas: es muy intensa con los de dentro y muy olvidadiza con los de fuera.
El prócer, el apestado y la lealtad de hielo
Y qué decir de aquel prócer del socialismo, hoy vecino ilustre de Soto del Real —que no es precisamente La Moraleja, pero tiene sus encantos—. Aquel que, con la solemnidad del iluminado, afirmaba aquello de: «Soy feminista porque soy socialista» . Ahora debe estar reflexionando sobre si el feminismo incluye también el derecho a compartir celda con gente que no ha leído a Simone de Beauvoir. El partido, por supuesto, le ha borrado de la historia. De sus cuadros. De sus memorias. Le han aplicado la ley del hielo, que es como la omertà pero con corbata roja. Él calla, ellos protegen, y todos contentos.
Porque aquí lo importante no es ser honesto, sino ser «uno de los nuestros» . ¿Quiere usted ascender a un puesto de designación digital —que no a dedo, que suena muy franquista— en la cúpula policial? Olvídese de sus años de servicio, de sus cursos de especialización, de sus méritos profesionales. Eso es de ilusos. Lo que necesita es fidelidad perruna. Sí, como suena. Esa lealtad ciega que le hace ladrar cuando le dicen y callar cuando le ordenan. Ser el perro faldero perfecto, el que no pregunta, el que obedece y, si hace falta, el que tiene en el bolsillo esa información «sensible» sobre ciertos asuntos comprometedores.
Esa información es la joya de la corona. Es lo que le convierte a usted en intocable. Porque si usted sabe dónde están los papeles, si usted conoce los números de las cuentas suizas, si usted vio aquella noche quién entró y quién salió de la sede, entonces usted ya no es un funcionario: es un activo. Y los activos se protegen, se cuidan, se ascienden. Eso sí, también se liquidan si dejan de ser rentables.
La ‘Famiglia’ España: un estudio de antropología comparada
Los expertos en criminología organizada llevan años estudiando las similitudes entre el gobierno de Sánchez y las estructuras mafiosas tradicionales. Y lo cierto es que las coincidencias son tan abrumadoras que casi dan risa. Veamos.
Las organizaciones mafiosas se caracterizan por la «omertà» , esa ley del silencio que impide colaborar con la justicia bajo amenaza de muerte. En nuestro gobierno, la ley del silencio se aplica en sede parlamentaria. El que habla, el que cuenta lo que sabe, el que revela los entresijos del partido, no es asesinado, no. Es algo peor: lo echan de los medios afines, lo dejan de invitar a las tertulias, lo destierran al grupo de WhatsApp de los olvidados. Muerte social. Que, para un político, es peor que la muerte física.
Luego tenemos la promoción interna de miembros protegidos. En la mafia, esto significa colocar a los sobrinos, los primos y los amigos de la infancia en puestos clave. En el socialismo, exactamente igual. Cuñados, esposas, asesores personales, amigos del colegio. Todos tienen un hueco en el pesebre público. Porque la famiglia es la famiglia, y el que no da de comer a los suyos, no merece dirigir la famiglia.
Y por supuesto, la obediencia ciega al «capo» . En la Cosa Nostra, el capo es el que manda, el que decide, el que reparte el botín. En nuestra versión, el capo tiene nombre y apellido, y su palabra es ley. El que se mueve, ya lo saben: no sale en la foto. El que se va de la lengua, lo mandan a galeras. Lo convierten en apestado. Lo crucifican en los medios. Lo borran de la historia, como al prócer de Soto del Real.
Emergencia democrática o cómo hemos llegado hasta aquí
No le den más vueltas, queridos lectores. Lo que tenemos delante no es un gobierno, es un gabinete de crisis permanente que funciona como una organización criminal con sede en La Moncloa. Y no lo digo yo, lo dicen los sumarios, lo dice la UCO, lo dicen los correos electrónicos intervenidos. Sobresueldos en efectivo, comisiones en mascarillas podridas, contratos amañados, y una capacidad de resistencia al ridículo que asombraría al propio Groucho Marx.
Ante la crítica y peligrosa encrucijada política que estamos viviendo, convertida ya en una auténtica «EMERGENCIA DEMOCRÁTICA» —con mayúsculas, que es como les gusta a ellos—, hoy es más necesario que nunca recuperar la esencia de la democracia. Y la esencia, por si alguien lo había olvidado, es darle la voz al pueblo. Que sea la gente, la que madruga, la que paga impuestos, la que ve cómo su dinero se convierte en pisitos en la playa para los amiguitos, la que decida su futuro a través del voto en las urnas.
La situación política actual en nuestro país precisa de un cambio radical y profundo. Requiere una catarsis integral y generalizada. Necesita una auténtica revolución. Pero no se asusten, que no vamos a quemar conventos ni a tomar el Congreso con tanquetas. Hablamos de una revolución cívica, pacífica y democrática. Pero también firme, decidida y comprometida.
Comprometida con la verdad. Comprometida con la justicia. Comprometida con la idea de que gobernar no es repartir prebendas entre los amigos, callar bocas con sobres y ascender a los leales mientras los españoles miramos con cara de tontos.
Y colorín colorado, este cuento chino aún no se ha acabado
Mientras escribo estas líneas, en alguna sede del PSOE deben estar reunidos pensando cómo contar el próximo capítulo de esta serie interminable. Seguramente saldrán con una nueva ocurrencia: una comisión de investigación, un nuevo eslogan, un giro de guion inesperado que eche la culpa a la derecha, a los medios, a los jueces o a la maldita ultraderecha internacional.
Pero nosotros, los españoles de a pie, ya estamos vacunados. Sabemos que cuando dicen «no me consta» , es que les consta y mucho. Cuando dicen «tolerancia cero» , es que la tolerancia es máxima con los suyos. Cuando dicen «yo sí te creo, hermana» , es que no te creen a ti, se creen a ellos mismos.
Y cuando un prócer socialista acaba en Soto del Real , sabemos que, aunque le hayan borrado de la foto, su legado permanece: el de un partido que confundió la política con el negocio, la lealtad con la sumisión, y la democracia con un cortijo particular.
Por eso, querido lector, la próxima vez que escuche un «no sabía nada», sonría. Porque en el fondo, todos sabemos que sí sabían. Siempre supieron. Y mientras tanto, el cuento chino continúa. Pero cuidado, que los cuentos chinos, cuando se alargan demasiado, suelen acabar mal para los que los cuentan. Ojalá.
Que vote el pueblo. Que hable la calle. Que se acabe este sainete.
.









