Cómo desmontar un ataque parlamentario en tres segundos: la jugada maestra de Exteriores
En una demostración magistral de lo que podría llamarse «el arte de la transición», José Manuel Albares, ministro de Asuntos Exteriores, ha elevado el cambio de tercio a categoría de doctrina de Estado. El pasado martes en el Senado, enfrentado a la contundente acusación del PP —que tachó a José Luis Rodríguez Zapatero de ser un «comisionista blanqueador» de la dictadura venezolana—, el canciller ejecutó una maniobra que debería estudiarse en las academias de retórica política.
La senadora popular Alicia García le había emplazado a una disyuntiva perfecta: «O Zapatero actuaba por encargo del Gobierno y entonces es usted el cooperador necesario o actuaba sin encargo y entonces usted permitió una diplomacia paralela, opaca y con sombras de corrupción». Ante este dilema kafkiano, Albares optó por la tercera vía: la desviación estratégica. «Yo no hago acusaciones contra Aznar que ha aparecido en los papeles de Epstein», soltó.
La jugada es brillante en su cinismo: mientras se le interroga sobre la Venezuela actual, él responde con un caso judicial estadounidense de hace dos décadas. Se le pregunta sobre la presunta financiación irregular del PSOE con petróleo chavista, y él replica mencionando a un expresidente del PP que, según documentos públicos, recibió dos paquetes de Epstein en 2003 y 2004. Aznar, por cierto, niega rotundamente conocer al financiero.
El «Epsteinismo» como coartada política: cuando la gravedad de un asunto sirve para tapar otro
Lo más revelador de la estrategia Albares no es su habilidad para esquivar preguntas —algo común en cualquier político—, sino el empleo calculado de un escándalo de dimensiones monstruosas como herramienta de contraataque rutinario. Los «papeles de Epstein» no son una mera anécdota: involucran a un pederasta convicto, tráfico sexual de menores y una red de poderosos. Convertirlos en un recurso retórico más del debate parlamentario español supone una trivialización obscena.
Albares sabe bien que con solo mencionar el nombre «Epstein» se activa en el imaginario colectivo la peor clase de asociaciones. Lo utiliza no para buscar justicia para las víctimas, sino para neutralizar una línea de ataque incómoda. Su mensaje implícito es claro: «No me pregunten sobre los millones que podrían haber fluido del chavismo al sanchismo; miren allí, donde hay un expresidente del PP vinculado a un pedófilo».
La ironía alcanza su punto más alto cuando recordamos que, según el Departamento de Justicia de Estados Unidos, la famosa «lista de clientes» de Epstein, como tal, no existe. Las autoridades norteamericanas han intentado desactivar las teorías conspirativas, confirmando incluso que Epstein murió por suicidio. Pero en el teatro político español, los matices importan poco: basta la mención, la insinuación, la sombra de la duda lanzada con precisión quirúrgica.
La «doctrina del ridículo»: cómo descalificar antes que argumentar
El repertorio de Albares no se limita al Epsteinismo. Su respuesta completa al ataque del PP incluyó otro movimiento clásico: la descalificación global del interlocutor. «Ustedes no saben nada», les espetó a los senadores populares, reprochándoles que no mencionaran en su pregunta «ni una sola palabra a Ucrania ni a Irán ni a Groenlandia ni a la transición en Venezuela ni a Gaza ni Sudán».
Posteriormente, en declaraciones recogidas por Servimedia, el ministro pidió al PP que dejara de «hacer el ridículo con sus obsesiones». Esta es la segunda pata de su estrategia: transformar la crítica sustantiva en una mera «obsesión», en una fijación patológica que no merece ser tomada en serio. El mensaje es que preocuparse por los vínculos de un ex presidente socialista con un régimen dictatorial no es una legítima preocupación política, sino un síntoma de desvarío opositor.
Lo paradójico es que Albares, mientras practica esta política del desdén, se presenta ante el mundo como paladín del diálogo. En el mismo debate en que despreciaba las preguntas del PP, se ufanaba de que España es ahora un referente «escuchado y respetado» internacionalmente. En foros partidistas, llega a afirmar que «nunca en su historia España ha tenido el peso internacional que tiene hoy en día».
La doble vara de la diplomacia española: principios selectivos y coherencia a la carta
Esta actuación de Albares no es una anomalía, sino la expresión más pura de un estilo de política exterior que ha sido criticado desde múltiples frentes por su opacidad y falta de coherencia estratégica. El mismo ministro que se muestra implacable contra la corrupción cuando le conviene —o cuando puede usarla como arma arrojadiza—, preside una diplomacia acusada de opacidad y personalismo.
Mientras en el Senado utilizaba la supuesta opacidad de las actividades de Aznar como arma, su propio ministerio enfrenta acusaciones de haber «blindado Exteriores contra los medios de comunicación» e impuesto una política de restricción informativa. La Asociación de Diplomáticos Españoles ha denunciado que Albares ha «menoscabado» las funciones de los profesionales de la carrera diplomática.
Esta es la verdadera enseñanza del «método Albares»: la coherencia no es un principio, sino un inconveniente. Los mismos estándares que exige para los demás no se aplican a su propia gestión. La transparencia que demanda cuando le conviene se difumina cuando la luz podría alumbrar sus propias decisiones.
El triunfo de la política-espectáculo
Al final del debate, Albares podría apuntarse una victoria táctica. Había evitado responder a preguntas incómodas, había lanzado una acusación de graves implicaciones morales contra su principal adversario político y había salido del hemiciclo sin tener que dar explicaciones sobre los vínculos de Zapatero con el chavismo.
Pero en términos de salud democrática, el balance es desolador. Una acusación grave sobre posibles financiaciones ilegales de un partido político fue enterrada bajo otra acusación igualmente grave pero completamente inconexa. Un debate sobre la política exterior española hacia una dictadura se convirtió en un intercambio de insinuaciones sobre un escándalo de abusos sexuales en otro continente.
Albares demostró que, en la España de 2026, la mejor manera de evitar hablar de corrupción es hablar de otra corrupción. La forma más eficaz de eludir preguntas sobre opacidad es acusar al otro de opacidad. Y el método infalible para no tener que defender la coherencia de la política exterior es cuestionar primero la coherencia —y luego la cordura— de quien interroga.
El verdadero escándalo, quizás, no es que un político utilice estas tácticas, sino que funcionen. Y que un ministro de Exteriores pueda convertir la grave mención de un caso de pederastia internacional en un mero recurso retórico de debate parlamentario, sin que esto le suponga el más mínimo coste político. En ese sentido, la respuesta de Albares no fue solo una evasión: fue un triste reflejo de hasta qué punto hemos normalizado la degradación del lenguaje y los valores en nuestra vida pública.









