El Jarabo

Nov 23, 2025

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El demonio de la alta sociedad y la noche que conmocionó a España

La crónica del asesino que deslumbró con su elegancia y aterró con su crueldad en el Madrid de los años 50.

“No sé si soy un psicópata o no. Ni me importa”. Esta frase, pronunciada con una frialdad que heló la sangre al tribunal, resumía la esencia de José María Jarabo. Un hombre que pasó de ser un dandy de la alta sociedad a convertirse en el protagonista de una de las páginas más negras de la crónica negra española. Su nombre quedaría para siempre ligado a una de las noches más largas y sangrientas del Madrid de 1958.

El príncipe del vicio

Nacido en 1923 en el seno de una familia acaudalada, José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris era el prototipo del joven bien situado. Estudios en los mejores colegios y un futuro prometedor. Pero tras la fachada del caballero educado palpitaba un espíritu turbulento.

Su viaje a Puerto Rico y después a Nueva York no fue el Grand Tour de un heredero, sino el descenso a los bajos fondos. Allí, entre tratas de blancas y tráfico de drogas, se forjó su leyenda negra. Aprendió artes marciales en prisión, consumió todo tipo de estupefacientes y divorció cualquier atisbo de moralidad que le quedara. Cuando regresó a España en 1950, no volvía el hijo pródigo, sino un depredador urbano que se mimetizaría con la élite madrileña.

Su dominio del inglés y sus modales refinados le abrieron las puertas de los salones más exclusivos. Se codeaba con la jet set anglosajona, derrochaba lujo y cultivaba una aura de seductor peligroso. Le definían como un «demonio del sexo», un hombre que exigía entrega total y vivía al límite. Pero ese tren de vida era un castillo de naipes a punto de caer.

La joya maldita y el principio del fin

El detonante de la tragedia tuvo nombre inglés: Beryl Martin Jones. Con ella vivió una relación tórrida y pasional que consumió los últimos restos de su fortuna. Para seguir financiando su aventura, no dudaron en empeñar un diamante de la propia Beryl, valorado en 35.000 pesetas.

Acudieron a una casa de empeños del centro, Jusfer, regentada por Félix López y Emilio Fernández. Los socios, olfateando la desesperación, les ofrecieron una cantidad irrisoria: 4.000 pesetas. La necesidad pudo más que el orgullo y aceptaron.

Cuando la relación con Beryl se rompió, ella comenzó a reclamar insistentemente su joya. Jarabo, acorralado, tenía que recuperarla a cualquier coste.

La noche del sábado 19 de julio de 1958: 30 minutos de infierno

Esa noche, Jarabo se dirigió a la casa de empeños, pero eran las diez menos cuarto y ya había cerrado. Impaciente y decidido, fue al piso de Emilio Fernández. Lo que ocurrió después fue una escalada de violencia inaudita.

Emilio Fernández: Tras una breve discusión, Fernández le dio la espalda. Jarabo sacó una pistola y le disparó a quemarropa en la cabeza. Frío, calculador.

La criada, Paulina Ramos: Al oír los disparos, salió de la cocina y comenzó a gritar. Jarabo, sin inmutarse, la arrastró hasta la cocina y le clavó un cuchillo en el corazón.

María Alonso Bravo, la esposa embarazada: Llegó en el peor momento. Jarabo, sereno, logró convencerla de que era un inspector de Hacienda. Pero cuando ella vio las manchas de sangre en su ropa, el pánico se apoderó de ella. Salió corriendo hacia su habitación. Jarabo le disparó en la cabeza.

Tres vías, incluyendo la de un feto, segadas en cuestión de minutos. Jarabo, con una sangre fría sobrehumana, manipuló la escena para simular un robo y se fue con las llaves de la casa de empeños.

El remate final y la caída

El lunes 21 de julio, la función continuaba. Jarabo se presentó en Jusfer y esperó a Félix López, el otro socio.

Félix López: Nada más entrar, Jarabo le disparó dos tiros en la nuca. Llevó el cadáver a la trastienda y, con una calma aterradora, espolvoreó serrín sobre la sangre para que no se viera desde la calle. Recuperó la joya, robó plumas estilográficas, relojes y un maletín.

Creía haberlo planeado todo a la perfección. Pero su soberbia fue su perdición. Llevó el traje manchado de sangre a una tintorería y su explicación, una pelea con «unos americanos», sonó falsa. El tintorero avisó a la policía. Cuando Jarabo fue a recogerlo, fue detenido.

El juicio: La última actuación de un caballero

El proceso judicial fue un espectáculo mediático. Jarabo, siempre impecablemente vestido, se dirigía al tribunal con una educación exquisita. Era la máscara final del hombre que siempre había actuado.

Su declaración más famosa resonó en la sala: «No sé si soy un psicópata o no. Ni me importa». Era la confesión definitiva de un vacío moral absoluto.

Condenado a cuatro penas de muerte y al garrote vil, su final llegó el 10 de febrero de 1959. Sin embargo, la leyenda cuenta que su fortaleza física alargó terriblemente su agonía, en una ejecución tan torpe como brutal, poniendo un punto final casi sobrenatural a la vida de un hombre que desafió todas las normas.

La historia de El Jarabo es más que un simple caso policial. Es el relato de cómo la elegancia puede esconder al monstruo, de cómo la educación no es sinónimo de bondad, y de cómo, a veces, el mal se pasea con corbata y sonrisa seductora por los mismos salones que después aterroriza.

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