El gran teatrillo del «No a la guerra»: 8M el Día de la mujer

Mar 5, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El gran teatrillo del «No a la guerra»: 8M el Día de la mujer

Sánchez descubre que Irán existe y la izquierda (y las encuestas) le aplauden

En un alarde de valentía tardía y oportunismo de manual, Pedro Sánchez ha resucitado el espíritu del 2003. Olviden los escándalos de corrupción, olviden la legislatura fallida y la debilidad parlamentaria. El presidente ha encontrado su enemigo perfecto: Donald Trump. Y lo ha vestido con el disfraz de George W. Bush para ver si, de paso, logra que la militancia progresista se olvide del precio del alquiler y salga a la calle este 8-M. Misión: hacer creer que plantarle cara al trumpismo es lo mismo que desmantelar el terror en Irán.

Hay algo profundamente conmovedor —y a la vez patético— en ver a un político en apuros rebuscar en el baúl de los recuerdos para encontrar un eslogan que le salve el sillón. Esta semana, Pedro Sánchez ha soplado el polvo de un viejo éxito de los 2000 y lo ha vuelto a vestir de gala. «No a la guerra», ha proclamado desde La Moncloa. Y una parte de la ciudadanía, hipnotizada por la nostalgia y el odio compartido a Donald Trump, ha sentido un escalofrío: el de la épica antiimperialista.

Pero cuidado, que nadie se confunda. No estamos en 2003. Entonces, José María Aznar se fotografiaba en las Azores con Bush y Blair, y millones de españoles salieron a la calle con razón. Hoy, el personal está más preocupado por llegar a fin de mes que por las tensiones en Oriente Medio, pero Sánchez necesita un enemigo exterior como el comer. Así que ha mirado el mapa, ha señalado EEUU con los ojos cerrados y ha dicho: «¡Ese! ¡Ese es el malo!». Y sus ministros, obedientemente, han asentido como muñecos de feria.

El postureo geopolítico como cortina de humo: Sánchez, el héroe de salón

Lo mejor del numerito es la justificación: el fantasma de la guerra de Irak. Sánchez nos ha soltado un discurso digno de una película de sobremesa de Antena 3, alertando de que esto puede ser «el inicio de las grandes catástrofes de la humanidad». Frases tan profundas como un charco, pero que suenan a algo. Muy bonito. Pero uno no puede evitar preguntarse: ¿dónde estaba este fervor pacifista cuando otros conflictos no rentaban electoralmente? ¿O cuando había que pactar con Bildu o con los herederos del terrorismo callejero en casa? Ah, no, cierto, eso era «política interna» y «convivencia». Esto es «proyección internacional». O sea, humo de calidad exportación.

El cálculo es tan burdo como eficaz. Según el CIS —sí, ese mismo que todos cuestionan cuando no les gustan los resultados, pero que aquí viene de perlas—, el 77% de los españoles tiene una pésima opinión de Trump. Ergo, si Sánchez se enfrenta a Trump, Sánchez le cae bien al 77% de los españoles. Es la lógica del patio de colegio aplicada a la alta política: «El enemigo de mi enemigo es mi amigo, aunque mi amigo sea un desastre que lleva años gobernando con pactos imposibles y señalado por la justicia por la corrupción de su entorno». El líder del PSOE sabe que no puede ganar la batalla del día a día —la economía, los pactos, la corrupción de sus allegados, los escándalos de su mujer, los problemas de vivienda, la sanidad colapsada, la educación en caída libre—, así que intenta una remontada épica subido al ring internacional. No es un líder; es un influencer geopolítico que ha visto que el antiamericanismo y el postureo progresista venden como churros en la bancada de Sumar.

Irán: el nuevo Irak (o cómo prostituir la historia para salir en la foto)

Y ojo al dato, porque el movimiento tiene una segunda lectura perversa. Al equiparar la tensión con Irán con la invasión de Irak, Sánchez incurre en una falacia más grande que la deuda española. Saddam Hussein no tenía armas de destrucción masiva, es cierto. Pero Irán lleva décadas exportando terror, desestabilizando Oriente Medio y reprimiendo a su pueblo con mano de hierro. Pero de eso, ni mu. Decir «No a la guerra» contra un régimen así, sin matices, y escudarse en que «nadie está con los ayatolás», es una forma muy cómoda de lavarse las manos y quedar bien con la galería sin ofrecer ninguna solución real para los iraníes que claman su libertad.

Porque, seamos honestos, ¿cuánto hace que Sánchez no menciona a las mujeres iraníes? ¿Dónde estaba su solidaridad cuando Mahsa Amini fue asesinada por la policía de la moral? Ah, cierto, entonces no había elecciones a la vista. Entonces no había que movilizar a la izquierda. Entonces el régimen de los ayatolás era un «actor geopolítico complejo» con el que había que dialogar. Pero ahora resulta que Trump les amenaza y, ¡oh, milagro!, Sánchez descubre que Irán es una dictadura. Qué oportuno. Qué valiente. Qué asco.

La jugada maestra: el «no a la guerra» como salvavidas electoral de un cadáver político

Y aquí es donde la operación alcanza su máxima expresión de cinismo. Porque esto no va de geopolítica, ni de principios, ni siquiera de pacifismo. Esto va de lo de siempre: salvar el culo. En el PSOE lo tienen clarísimo: el pulso con Trump puede suponer un vuelco electoral y llevar a Sánchez a ganar las elecciones. La euforia se extiende entre los más cercanos al presidente como una epidemia de autoengaño: consideran que han encontrado la manera de movilizar al electorado de izquierdas desencantado, ese que ronda los dos millones de votantes progresistas que hoy por hoy se quedan en casa, hartos de promesas incumplidas y de ver cómo su voto sirve para apuntalar a un tipo que viaja en Falcon mientras ellos no llegan a fin de mes.

La estrategia es de manual: polarizar con Trump para reagrupar a la izquierda. El precedente que miran con envidia es Canadá, donde los ataques del mandatario estadounidense provocaron un cierre de filas en torno al Partido Liberal, que terminó dando un vuelco y revalidando el Gobierno. Así que nada, a copiar la jugada. Da igual que aquí la situación sea radicalmente distinta, que el PSOE lleve años desgastado por escándalos y pactos imposibles, que la justicia tenga señalados a varios de sus miembros, que la corrupción salpique hasta la mismísima Moncloa. Lo importante es tener un enemigo exterior, un «ogro» al que señalar para que las bases olviden que en casa las cosas no funcionan.

Y ojo, que la jugada tiene su aquel: si consiguen que el marco de las próximas elecciones sea «Sánchez o Trump», «guerra sí o guerra no», Moncloa tiene un relato ganador. Porque, total, ¿quién va a votar a favor de Trump en este país? El CIS ya dice que más del 77% tiene mala opinión de él y casi un 80% lo considera un peligro para la paz mundial. Así que a explotar la veta. Y mientras, Feijóo, atrapado entre la herencia de Aznar y el miedo a mojarse, balbucea sobre derechos humanos sin terminar de encontrar su sitio. Sánchez se frota las manos: con una oposición tan tibia, hasta un iluminado puede parecer un estadista.

Los más cercanos al presidente ya hablan en privado de «remontada histórica». En los pasillos de Ferraz se escuchan carcajadas de satisfacción: «Hemos encontrado la fórmula mágica», dicen. «Dos millones de abstencionistas volviendo a casa por Navidad». Y nadie, absolutamente nadie, se pregunta si merece la pena ganar unas elecciones con un relato tan vacío, tan ajeno a los problemas reales de la gente. Da igual. Lo importante es ganar. Lo importante es seguir en el sillón. Lo demás son cuentos.

Adelantándome al 8-M: cuando el feminismo se convierte en la puta del régimen

Y aquí llegamos al verdadero golpe de efecto, la guinda del pastel podrido. Lo que viene el domingo no será una manifestación del Día de la Mujer. No, eso es tan de 2024. Lo que veremos será la primera edición del «Día Internacional de la No Guerra (convocado por feministas de base y apoyado por el gobierno)». Porque, ¿para qué sirve el 8-M si no es para apuntalar gobiernos en apuros? ¿Para qué sirven décadas de lucha feminista si no es para ser instrumentalizadas por un presidente en caída libre?

Los carteles ya están cambiando. Las consignas de «igualdad salarial» y «contra la violencia machista» han sido sustituidas por «No a la guerra OTAN» y «Trump fascista, fuera de Oriente Medio». Las comisiones feministas, las de verdad, las que llevan décadas currando, miran atónitas cómo sus pancartas artesanales son desplazadas por gigantografías impresas en los talleres de Ferraz con el logotipo del PSOE discretamente camuflado entre los pliegues de la bandera palestina. Algunas intentan protestar, pero son acalladas rápidamente: «No dividamos, hermana», «Ahora toca unidad contra el fascismo internacional».

En el acto institucional del 8-M en el Museo del Prado, los asistentes ya corearon «No a la guerra» al unísono. Una feminista presente confesaba después que «venían preparados y organizados; no ha sido espontáneo». Seis ministros y las cúpulas de varios ministerios aplaudiendo como si estuvieran en un mitin. Todo tan natural, tan de base… Tan orquestado desde Moncloa.

Y lo más patético del asunto: ninguna de las mujeres que saldrá a la calle este domingo —las mismas que el año pasado pedían políticas de cuidado y protección social— parece haber notado la diferencia. «Es que todo está conectado», te dirá una veinteañera con un cubata en la mano y una kufiya en el cuello, mientras tuitea contra el imperialismo yanqui desde un iPhone fabricado en China. «Si paramos la guerra, paramos el patriarcado», coreará otra, sin percatarse de que en Irán las mujeres se juegan la vida por quitarse el velo mientras aquí las usamos como pancarta para salvar a un presidente en apuros.

El feminismo, ese incómodo recordatorio de que las mujeres siguen cobrando menos, siguen sufriendo violencia, siguen siendo las principales damnificadas de las políticas de recortes, ha sido convenientemente guardado en un cajón. Este año no toca hablar de brecha salarial. Este año toca hablar de Trump. Este año el feminismo es la comparsa, la decorada, la puta del régimen que se vende por cuatro titulares y una foto con los ministros.

El gran teatro de la movilización: todos contentos, todos engañados

Lo mejor será ver las televisiones públicas el domingo por la noche. La 1 abrirá su informativo con imágenes de la manifestación: miles de personas, banderas palestinas, pancartas de «No a la guerra», y de fondo, alguna ministra sonriente con el puño en alto. El rótulo será inmenso: «España se vuelca contra la guerra: el 8-M se reconvierte en una gran marea pacifista».

Y en los platós, los tertulianos de siempre, esos que nunca han pisado una fábrica pero saben perfectamente lo que piensa la clase obrera, explicarán con gravedad que «esto es un aldabonazo en la conciencia europea» y que «Sánchez ha sabido interpretar el sentir de las bases». Nadie, absolutamente nadie, mencionará que en lugar de hablar de brecha salarial o de violencia vicaria, llevamos dos semanas discutiendo si los misiles israelíes pueden llegar a Teherán. Nadie mencionará que las mujeres reales, las que tienen problemas reales, se han quedado en casa.

Las que no pueden pagar el alquiler, las que cobran 1.100 euros con dos hijos, las que sufren violencia y no encuentran recursos, esas no estarán en la foto. Pero eso da igual. Lo importante es que la militancia salga a la calle y le demuestre a Sánchez que le apoyan. Total, ¿para qué sirve el feminismo si no es para apuntalar gobiernos en apuros? ¿Para qué sirve la lucha de las mujeres si no es para que un político corrupto pueda sacarse una foto con ellas?

El PP, atrapado en su propia irrelevancia: ni contigo ni sin ti

Mientras tanto, el Partido Popular mira para otro lado, intentando no acordarse de Aznar. Feijóo balbucea sobre la OTAN y la necesidad de mantener la unidad transatlántica, pero sin mojarse demasiado, no sea que le recuerden aquello de las Azores. La derecha tradicional, incapaz de articular un discurso coherente en política exterior, se limita a criticar la forma sin entrar al fondo. Porque, admitámoslo, ¿quién quiere defender a Trump en España? Mejor callar y esperar que el runrún pacifista se disuelva solo.

Pero el problema es que no se disuelve. Sánchez necesita mantener viva la llama de la confrontación internacional para no tener que hablar de lo que realmente importa, y el PP, con su estrategia de avestruz, le está haciendo el juego. Mientras la derecha balbucea y mira hacia otro lado, Sánchez se frota las manos: con una oposición que no encuentra el norte, hasta el más torpe parece un estadista. Y si encima Vox le come la tostada por la derecha con discursos más duros contra el «progresismo internacional», el PP queda atrapado en una pinza mortal: ni puede defender a Trump sin perder votos, ni puede atacarle sin parecer que se suma al carro de Sánchez. Así que optan por la estrategia del avestruz: esconder la cabeza y esperar a que pase el temporal. Pero el temporal no pasa, porque Sánchez lo alimenta a diario desde la Moncloa.

La épica barata como refugio de mediocres y la izquierda como rebaño

Al final, lo único cierto es que el gobierno ha encontrado una tecla que funciona: la épica barata. Da igual que la geopolítica sea mucho más compleja que un tuit. Da igual que el «desmantelamiento del gobierno del terror en Irán» sea una entelequia. Da igual que las mujeres iraníes sigan esperando solidaridad real mientras aquí las usamos como pancarta. Da igual que el 8-M haya dejado de ser el Día de la Mujer para convertirse en el Día de la No Guerra. Da igual que el PSOE confíe en que esta jugada le permita dar un vuelco electoral y movilizar a la izquierda desencantada. Da igual que dos millones de abstencionistas puedan volver a las urnas engañados por un relato vacío.

Lo importante es que la militancia se reactive, que suene la música de fondo y que, por un momento, dejemos de preguntarnos por qué todo sigue igual de mal en casa. Por qué la sanidad pública se desmorona. Por qué los jóvenes no pueden emanciparse. Por qué las listas de espera crecen. Por qué la corrupción salpica al entorno del presidente. Por qué Begoña Gómez está imputada. Por qué Koldo García sigue dando titulares.

Después de todo, ¿quién va a hablar de los presupuestos cuando podemos hablar de la Tercera Guerra Mundial? ¿Quién va a mencionar la corrupción cuando podemos corear «No a la guerra» con el puño en alto? ¿Quién va a exigir políticas de igualdad cuando podemos desfilar contra el imperialismo?

Bienvenidos al nuevo espectáculo. Sánchez, caracterizado de estadista, se enfrenta al ogro Trump mientras sus ministros estudian «medidas para mitigar el impacto económico» de un conflicto que, por ahora, solo existe en los titulares. El telón se levanta este 8-M. Que empiece la función.

Y mientras, la realidad, esa pesada, espera en la puerta con una factura de la luz, un recibo de la hipoteca, una mujer maltratada que no encuentra ayuda, un joven que no puede independizarse, un pensionista que no llega a fin de mes, un enfermo en lista de espera. Pero eso, queridos, eso ya no es culpa de Trump. Eso es cosa de otro. O de nadie. Porque hoy toca hablar de Irán y de cómo movilizar a dos millones de abstencionistas para ganar las próximas elecciones. Y mañana, ya veremos. Siempre mañana. Siempre una excusa. Siempre un enemigo exterior. Siempre la misma canción.

Que viva el teatro. Que viva la farsa. Que viva Sánchez, el héroe de salón que ha descubierto que Irán existe justo cuando necesitaba un enemigo para no tener que mirarse al espejo.

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