O cómo la izquierda ibérica descubrió que la miseria no es solo económica, sino también espiritual, estratégica y, sobre todo, televisable
Hay derrotas que tienen grandeza. Las de Aníbal, las del No-Do, las de aquel amigo que se dejó 300 euros en la máquina del casino pero al menos cenó gratis. Y luego está esto. Esto que ustedes, señores míos, han montado. Esto no es una derrota, es un rastro. Un mercadillo de domingo donde en lugar de venderse radios viejas y taladros oxidados, se subasta la dignidad política al peso, y donde el mejor postor se lleva un lote de siglas caducadas y un lote de buenas intenciones con fecha de consumo preferente de 2015.
La miseria de creerse estadistas cuando en realidad eres el presidente de la comunidad
Miren a Antonio Maíllo. Por favor, mírenlo bien. Este hombre, que podría estar tranquilamente en su casa leyendo a Machado y tomando un vino de la tierra, ha decidido que su gran legado histórico será: «aquel que intentó montar una alternativa a Yolanda Díaz presentando un papel con las chicas de Podemos». Un papel. Un puto papel. Como si la historia se escribiera con folios reciclados y grapas de colores.
La miseria de IU es tan profunda que lleva 40 años intentando saber quién es. Primero fueron la conciencia del PCE, luego el altavoz de la calle, después el compañero de viaje de Podemos, más tarde el socio senior de Sumar, y ahora, según parece, los fontaneros de la resistencia contra Yolanda. Pero no, señores. Ustedes no son nada de eso. Ustedes son ese familiar que llega siempre a las comidas familiares cuando ya han recogido los platos, preguntando: «¿Y a mí qué me habéis guardado?».
Los Comunes, o la miseria de querer estar en misa y en la procesión de la puerta de al lado
Y luego están los Comunes. Ay, los Comunes. Esa gente que ha conseguido la cuadratura del círculo: estar en el gobierno de España, en el ayuntamiento de Barcelona, en todas las fotos de todas las confluencias, y al mismo tiempo, tener la capacidad de desaparecer cuando hay que mojarse como si fueran el Conde DraculA al que le ofrecen un plato de ajete.
Ada Colau debe tener un póster en su despacho de aquel político romano que siempre iba con la toga impecable mientras Roma ardía. Porque los Comunes han hecho de la ambigüedad un arte, y de la deslealtad, un programa electoral. Ahora firman con Podemos, pero mantienen la puerta abierta a Sumar, pero negocian con los comunes catalanes de toda la vida, pero miran de reojo a los independentistas moderados. Son la prueba viviente de que se puede estar en todos los sitios y en ninguno a la vez, como Dios, pero con menos seguidores en Twitter.
Los partidos territoriales, o la miseria del «yo más que tú» con acento
Lo más tierno de este espectáculo dantesco es ver a los partidos territoriales, esos que durante años vivieron de ser la muletilla de los grandes, descubrir ahora que tienen la sartén por el mango. ¿Y qué hacen cuando tienen poder? Lo mismo que un niño con un bate de béisbol: intentar romper todo lo que ven, empezando por los cristales de la casa del vecino.
Chunta Aragonesista ha convocado un congreso extraordinario para decidir si su apoyo a Sumar incluye la cláusula de que en todas las papeletas aparezca primero el baturro bailando una jota que el logo de Yolanda. Més per Mallorca está debatiendo si «més» significa «más izquierda» o «más oportunidad de sacar diputado propio». Y Coalición Canaria, que siempre juega a varios tableros, ha mandado una delegación a Madrid para «escuchar» mientras su otro delegado negocia con el PP en el Congreso de los Diputados. Es la política de la dualidad: dos almas, un solo interés, ninguna vergüenza.
Yolanda Díaz, o la miseria de la soledad del poder sin poder
Y en el centro del huracán, Yolanda Díaz. La vicepresidenta que iba a comerse el mundo, que iba a hacer una escucha activa tan profunda que hasta los árboles iban a pedir el voto por correo, está ahora sentada en una silla, sola, mirando cómo sus presuntos aliados desvalijan la nevera y se llevan hasta las bombillas.
La miseria de Yolanda es especialmente conmovedora porque es la miseria de la ingenuidad. Ella creyó de verdad que se podía hacer política de otra manera. Ella creyó que los partidos iban a aparcar sus siglas por el bien común. Ella creyó que Podemos iba a aceptar ser uno más. Inocente. Tonta. Candorosa. Como aquel que deja las llaves puestas en el coche y se sorprende cuando se lo roban.
Ahora Yolanda sonríe en los actos públicos con esa sonrisa de «yo no he sido, yo solo quería ayudar», mientras por detrás sus colaboradores más cercanos buscan trabajo en despachos de abogados y empresas de comunicación, por si esto se hunde del todo. Que se hundirá. Que ya se está hundiendo.
Podemos, o la miseria de haberlo tenido todo y no saber qué hacer con ello
Y no nos olvidemos de los morados, que son los verdaderos artistas de esta función. Podemos, ese partido que llegó para revolucionarlo todo, que asustó al sistema, que llenó plazas y corazones de esperanza, se ha convertido en el okupa de su propia historia. Ahora viven de la nostalgia, de los viejos tiempos, de aquel 15-M que ya ni sus protagonistas recuerdan bien.
Irene Montero e Ione Belarra, dos mujeres que podrían estar liderando la oposición al fascismo, la lucha feminista, la batalla cultural de nuestra época, están encerradas en un búnker emocional discutiendo con sus ex sobre quién se queda el derecho a usar la palabra «confluencia». Es la miseria de la resistencia sin horizonte, de la épica sin estrategia, del grito sin megáfono.
El gran premio: un escaño y una trituradora de documentos
Al final de todo este proceso, cuando los historiadores del futuro (si es que queda futuro y si es que queda historia) miren atrás, verán esto: una izquierda que tuvo la oportunidad de gobernar, de transformar, de hacer historia, y que prefirió enredarse en peleas de patio de colegio sobre quién se sienta al lado de quién en el autobús.
La miseria no es que no tengan dinero. La miseria no es que no tengan votos. La miseria es que no tienen grandeza. No tienen visión. No tienen puta idea de qué coño quieren ser de mayores. Y lo peor de todo es que mientras ellos se pelean por cuatro siglas, por dos documentos, por un titular en un digital de extrema izquierda, la gente sigue esperando. Esperando una hipoteca que baje, un salario que suba, una vida que merezca la pena ser vivida.
Pero no. Ellos están muy ocupados. Muy ocupados siendo la izquierda más miserable, más pequeña, más ridícula que ha parido este país desde que aquel pobre hombre de la II República se fue al exilio con una maleta de cartón y la dignidad por dentro.
Que les aproveche el espectáculo. Que les dure la función. Que cuando bajen el telón y se enciendan las luces, no se sorprendan al ver que el teatro está vacío. La gente ya se ha ido. La gente se fue hace tiempo. La gente está en su casa, viendo una serie, sin importarle un carajo si el tucán vuela, si se despluma o si termina en la cazuela.
Porque al final, esa es la mayor miseria de todas: que ya a nadie le importa. Y lo peor es que ni siquiera se han dado cuenta.









