El espectaculo de siempre: Begoña Gómez vuelve a dar una lección de respeto plantando al juez Peinado (y a todos los españoles)

Abr 1, 2026

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La normalidad ya es que la esposa del presidente no se persone. La vergüenza, que sigamos llamándolo “plantón” cuando debería llamarse “desprecio institucional en diferido”

Llegó el Miércoles Santo, y con él, la procesión más predecible de la judicatura española: la de la imputada que no aparece. Begoña Gómez, fiel a su estilo, ha vuelto a hacer lo que mejor se le da —no dar la cara— y ha faltado a la cita convocada por el juez Juan Carlos Peinado. El motivo era informarle de su nueva situación procesal. El resultado: otro varapalo a la imagen de una Justicia que, para ella, parece ser solo una sugerencia.

Pero no nos engañemos. Esto no es un plantón. Un plantón presupone que alguien esperaba algo diferente. ¿Acaso alguien con dos dedos de frente podía imaginar que la mujer del presidente del Gobierno iba a dignarse a sentarse ante un juez, como haría cualquier ciudadano de a pie? Por supuesto que no. Aquí el único milagro de esta Semana Santa es que todavía haya quien se rasgue las vestiduras cuando ocurre lo que todos sabíamos que iba a ocurrir.

Mientras el juez Peinado —que debe tener ya la paciencia de un santo o el sadomasoquismo de un funcionario vocacional— informaba a las demás partes personadas, la Sra. Gómez se dedicaba, seguramente, a sus importantes asuntos. Porque ya se sabe: cuando una está imputada por presuntos delitos de tráfico de influencias y corrupción en los negocios, la prioridad nunca es responder ante el juez, sino seguir haciendo exactamente lo mismo que te ha llevado hasta allí.

Las voces autorizadas no han tardado en calificar el gesto: “Es una falta de respeto a la Justicia y, por tanto, a los españoles”. Pero la frase, por más cierta que sea, se queda corta. Es más que una falta de respeto: es una constatación de que, para determinados aforados sentimentales (los que no tienen aforamiento pero se comportan como si lo tuvieran), las leyes se cumplen si apetece, y si no, ya inventaremos un comunicado.

Y es que el problema no es solo que la señora Gómez no acuda. El problema es que no acude con la misma naturalidad con la que su esposo, el presidente del Gobierno, se carga el Estado de derecho a golpe de indultos, leyes de amnistía y cesiones a independentistas mientras nos explica con cara de poker que esto es “progreso”. Pero, ¿qué se le va a pedir a quien, según su propia cuna, mamó los negocios de su padre en el mundo de las saunas de alterne? Para quien la ética siempre ha sido un estorbo, la Justicia no es más que un trámite que se evita con una buena agenda.

La dinastía del “no me presento”

Lo más jugoso del asunto no es la ausencia en sí, sino el mensaje que lanza: aquí no pasa nada. Si el juez Peinado cita mañana, pasado o en la Octava de Pascua, el resultado será el mismo. Y mientras tanto, los españoles —esos a los que supuestamente se debe respeto— asistimos al esperpento de ver cómo la esposa del presidente puede permitirse lo que ningún ciudadano anónimo podría: burlar sistemáticamente los requerimientos judiciales sin que suene un solo teléfono en una comisaría para traerla esposada.

La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿cuántos españoles estarían ya en prisión preventiva si hubiesen acumulado el historial de desacatos que esta señora lleva sobre sus hombros? La respuesta es que todos, absolutamente todos. Pero claro, ahí radica la belleza del sistema: cuando tu apellido es el que da nombre al Consejo de Ministros, los plazos, las notificaciones y las obligaciones procesales se vuelven difusas, casi etéreas, como el olor a incienso de una procesión.

Un desafío con aroma a impunidad

Que nadie espere que cambie la tónica. La Sra. Gómez ha demostrado tener más oficio en esquivar juzgados que en cualquier otra actividad que haya desempeñado (que, a la vista de los indicios, tampoco debía ser poca cosa). Su ausencia de hoy no es un accidente; es una declaración de principios: “La Justicia se respeta cuando me interesa, y hoy no me interesa”.

Y el problema ya no es solo el desprecio institucional. Es que este tipo de comportamientos, repetidos hasta la saciedad, se normalizan. Dentro de nada, cuando un juez cite a la esposa del presidente, los informativos dirán “la citada, que previsiblemente no acudió, sigue sin acudir” con la misma naturalidad con la que informan del tiempo. Y así, entre ausencias y resignaciones, se va diluyendo eso tan abstracto que llamamos “igualdad ante la ley”.

Pero tranquilos, que seguro que mañana saldrá algún portavoz gubernamental a hablar de “respeto a las instituciones” mientras justifican que el Poder Judicial está “politizado”. La hipocresía, al menos esa, sigue sin faltar a ninguna cita.

Mientras tanto, el juez Peinado seguirá convocando, y Begoña Gómez seguirá sin acudir. Y los españoles, esos a los que tanto dicen respetar, seguiremos tragando con la idea de que hay ciudadanos de primera, ciudadanos de segunda y, en la cúspide, ciudadanos con chalet en el entorno de La Moncloa para quienes la Justicia es solo un papel que se tira a la basura si no viene con la fecha adecuada.

Pero, ¿qué cabía esperar? La hija de un empresario de saunas de prostitución y esposa de un presidente que se pasa la ley por el forro de lo que le cuelga entre las piernas no va a cambiar sus costumbres solo porque un juez se empeñe en recordarle que, en este país, la Justicia debería ser para todos.

O al menos para los que no tienen escolta.

Epílogo: El juez Peinado seguirá convocando. La esposa del presidente seguirá sin acudir. Los españoles, mientras tanto, seguiremos pagando el espectáculo con nuestra paciencia, nuestra credibilidad en las instituciones y nuestra paciencia —otra vez—. Pero ojo, que luego dicen que no respetamos a la justicia. Pregunten quién empezó.

 

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