El «Dios» caído y la Policía de los milagros: Cómo el Ministerio del Interior nos vende la moto mientras la cúpula hace de las suyas

Feb 23, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El «Dios» caído y la Policía de los milagros: Cómo el Ministerio del Interior nos vende la moto mientras la cúpula hace de las suyas

La reciente dimisión del número dos de la Policía Nacional, José Ángel González, acusado de un presunto delito de agresión sexual, ha destapado una cloaca que huele a mucho más que a un caso aislado. Entre presiones a la víctima, ceses pactados y un ministro que solo dimitiría si la perjudicada se lo pide por favor, la ciudadanía asiste atónita al esperpento en el que se ha convertido la seguridad del Estado.

En el mundo del cine, cuando un jefe de la mafia quiere eliminar a un testigo incómodo, lo hace a través de un «brazo ejecutor» para no mancharse las manos. En la España progresista, según consta en la querella de una inspectora contra el que fuera director adjunto operativo (DAO) de la Policía, ese «brazo ejecutor» se llama Óscar San Juan, un comisario que, presuntamente, ofreció a la víctima «el puesto de trabajo que quisiera» a cambio de su silencio. La diferencia es que, en el cine, al menos los malos no presumen de velar por el «buen nombre de la institución».

Bienvenidos a la Policía Nacional, donde el «buen nombre» parece ser un eslogan tan elástico como la memoria del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. Porque si algo ha quedado claro en este culebrón con visos de tragedia es que, en el seno de las fuerzas de seguridad, la jerarquía no solo es sagrada, sino que, en palabras de una agente, convierte al jefe en «Dios todopoderoso» . Un Dios que, al parecer, tenía pisos oficiales donde ejercer su divinidad y un séquito de fieles comisarios dispuestos a tapar los milagros.

La divina comedia del poder

El caso es de manual. Una inspectora denuncia una agresión sexual con penetración en el domicilio oficial del máximo responsable uniformado del cuerpo. La presunta víctima, aterrorizada por el poder de su superior —el mismo que el Gobierno decidió mantener alargándole la jubilación mediante un decreto urgente para damnificados de la DANA, porque no hay mejor momento para blindar a un alto cargo que cuando hay una catástrofe natural—, salta los protocolos internos y acude directamente al juzgado . ¿El motivo? Sabe que en esa casa, el «jefe es Dios», y denunciar internamente es someterse a un «mes de desgaste» en el que la señalada acaba siendo ella .

La querella no solo habla de la agresión, sino de un patrón de conducta propio de un señorito feudal: amenazas, coacciones y un entorno que no dudó en ponerse manos a la obra para que la «indecente» se callara. Todo ello, presuntamente, orquestado desde la más alta institución encargada de perseguir el delito .

Ante el escándalo, la maquinaria política se pone en marcha. Eso sí, con un punto de sutileza que roza lo grotesco. Marlaska, el mismo que durante años alabó el «perfil incuestionable» de González, comparece en el Congreso y suelta la frase del año: «No sabía nada» . El argumento es tan recurrente como cansino: el político nunca se entera de lo que pasa en su casa hasta que el escándalo sale en la prensa. ¿Que su delfín, al que mantuvo en el cargo a dedo, está acusado de violación? «Una decepción manifiesta», dice . ¿Que su mano derecha presuntamente coaccionaba a la víctima? Se le abre una investigación, pero con cariño.

Dimisión o «cese», el baile de las palabras

Y luego está la joya de la corona: la responsabilidad política. Preguntado por su dimisión, el ministro suelta un órdago digno de un jugador de póker novato: solo dimitirá «si la víctima considera que no fue protegida». Es decir, que la responsabilidad de su cargo no depende de la gravedad de los hechos, de la presunta red de encubrimiento que operaba bajo sus narices o de la evidente politización de la cúpula policial, sino de una valoración subjetiva y posterior de la persona agredida. Una pirueta moral que deja al ministro en una posición de espera, como quien aguarda a que su jefe deje de estar enfadado para ver si le echan de la oficina.

Mientras tanto, el Partido Popular, con una memoria selectiva que también da para otro artículo, pide la dimisión de Marlaska . Y los sindicatos policiales, en un ejercicio de equilibrismo que haría palidecer a un funambulista, se debaten entre la defensa a ultranza de la institución («son casos individuales») y la necesidad de proteger a la víctima. Nadie parece preguntarse cómo es posible que una organización de 76.700 agentes haya podido generar un caldo de cultivo en el que la víctima de un presunto delito tenga más miedo a sus propios compañeros y jefes que al sistema judicial.

El reino de la impunidad

Este caso no es una anécdota, es la consecuencia lógica de un proceso que viene de lejos. Como ha señalado el editorial de ABC, asistimos a la «preocupante politización de la cúpula» policial, donde el control de los resortes del Estado prima sobre la profesionalidad . Cuando los cargos se conceden por afinidad política y no por méritos, se crea una estructura de vasallaje. Y cuando en esa estructura alguien se cree Dios, los abusos no son una posibilidad, son una certeza estadística.

Al final, lo más turbio del asunto no es ni siquiera la gravedad de la denuncia —que lo es—, sino la naturalidad con la que el sistema asume que el poder corrompe y que encubrirse entre iguales es parte del protocolo no escrito. La presunta agresora grabó los hechos porque intuía que estaba en una «situación de peligro» . Tuvo que protegerse con su propio móvil porque la institución que debería haberle proporcionado un paraguas estaba demasiado ocupada en sostener el del jefe.

Y mientras el presidente Sánchez, desde la India, alaba la «contundencia» de su Gobierno, la ciudadanía se queda con una pregunta incómoda: ¿Cuántos casos no se graban? ¿Cuántas denuncias se quedan en el cajón de un comisario «fiel»? ¿Y hasta cuándo vamos a seguir tolerando que la Policía, que debe ser el escudo de la ley, se convierta en el refugio de quienes la violan? La respuesta, como el «no sabía nada» de Marlaska, sigue en el aire. Pero el tufillo a podrido ya no se va ni con ambientador.

Otros casos para la colección: Cuando la «ley del silencio» no es un mito, es el manual de instrucciones

La denuncia de la inspectora contra el número dos de la Policía no es un meteorito caído del cielo. Es la punta visible de un iceberg podrido que lleva años flotando en aguas del Ministerio del Interior mientras el capitán Marlaska hace como que no ve el témpano desde el puente de mando. Porque cuando uno empieza a rascar la superficie de la «institución ejemplar», descubre que el caso del «DAO todopoderoso» no es la excepción, sino la confirmación de la regla. Repasemos la hemeroteca, que es lo único que no necesita presupuesto para funcionar.

1. El caso Carolina: Cuando la Justicia tarda nueve años y los compañeros que ayudan acaban en el paredón

Si alguien cree que el presunto encubrimiento al máximo jefe uniformado es algo nuevo, que se siente. En la Guardia Civil, prima hermana de la Policía, tienen su propio catálogo de horrores. Hablamos del caso de Carolina, una agente destinada en Molina de Segura (Murcia) que sufrió violaciones por parte de su sargento durante cuatro años. Lo denunció en 2015. La condena a 19 años de prisión no fue firme hasta 2024. Nueve años .

Pero lo mejor no es la lentitud judicial, sino la respuesta institucional. Dos compañeros de Carolina intentaron ayudarla durante el calvario. Su recompensa: acabaron con expedientes disciplinarios . Es decir, en la Benemérita, echarle un cable a una compañera que está siendo violada por su superior puede costarte el puesto. Mientras tanto, el sargento violador siguió haciendo «su vida como sargento, como hombre, como persona normal» . Nueve años.

La pregunta que se hacía una representante de la AUGC tras el estallido del caso del DAO era tan lógica como aterradora: «Si se tapa a un sargento de la Guardia Civil, ¿qué van a hacer con un DAO en la Policía?» . Dicho y hecho.

2. El comisario de Lérida: La amnesia selectiva del ministro

Diciembre de 2025. Apenas hace tres meses. Marlaska se vio obligado a defender el cese de un jefe policial en Lérida tras conocerse que tenía una condena por acoso sexual… de hacía dos décadas . La pregunta es obvia: ¿cómo es posible que un condenado por acoso llegue a un puesto de responsabilidad 20 años después? El ministro, en un alarde de originalidad, atribuyó la responsabilidad del nombramiento a «otra autoridad dentro del Ministerio» . El «yo no fui» elevado a categoría de política de Estado.

3. El alcalde de Móstoles y la doble vara de medir del PP (porque la hipocresía también es un abuso)

Aunque no es un caso policial, merece mención por el esperpento comparativo. Mientras el PP exige la cabeza de Marlaska por no saber lo que pasaba en su casa, en la suya propia tienen a Manuel Bautista, alcalde de Móstoles, acusado por quien fuera su ‘número dos’ de acoso laboral tras negarse a una relación sentimental .

¿La reacción del partido de Ayuso y Feijóo? Una investigación interna que consistió en un correo electrónico a la denunciante y una entrevista personal con el denunciado. Resultado: Bautista sigue tan campante. El secretario general del PP de Madrid, Alfonso Serrano, ante las preguntas de los periodistas, soltó la frase que pasará a la historia de la pedagogía machista: «Y tú, ¿cómo ligas?» . Así, sin complejos.

Mientras, el mismo partido que protege a Bautista exigía la dimisión de Marlaska. Y si hablamos de famosos, cuando este diario desveló las acusaciones contra Julio Iglesias, Isabel Díaz Ayuso salió como una leona a defender al cantante del «linchamiento» . El mismo «linchamiento» que ella aplica sin anestesia a cualquier cargo de izquierdas señalado. La coherencia, otra asignatura suspensa.

4. La trama de Coslada y el comisario Óscar San Juan: El «brazo ejecutor» bajo investigación

Volviendo al caso que nos ocupa, la cosa no se queda en el DAO dimitido. La investigación interna de la Policía se ha acelerado para intentar llegar antes que el juzgado a desentrañar la red de complicidades . El foco está en el comisario Óscar San Juan, mano derecha de González, a quien la querella señala como el emisario enviado para ofrecer a la víctima «el puesto de trabajo que quisiera» a cambio de silencio .

Pero también se investiga a todo el gabinete técnico del DAO (11 personas) y a la comisaría de Coslada, de donde salió la agente aquel 23 de abril de 2025 en un coche camuflado para ir a comer con su jefe . ¿Quién autorizó el vehículo? ¿Quién cubrió su salida? ¿Quién miró para otro lado? El sistema está diseñado para que el «Dios» tenga acceso a recursos públicos para sus citas y una legión de fieles dispuestos a no ver, no oír y, sobre todo, no contar.

5. Asuntos Internos: La unidad que investiga… cuando no depende del jefe investigado

Uno de los detalles más jugosos de este culebrón es que la Unidad de Asuntos Internos (UAI) depende directamente… de la dirección adjunta operativa . O sea, del puesto que ocupaba González. Es como poner al alcahuete a cargo de investigar las infidelidades en su propio burdel.

Tras el escándalo, se baraja que la UAI pase a depender directamente del ministerio . Un parche, vaya. Porque mientras tanto, Asuntos Internos no puede investigar el delito de agresión sexual (ya lo hace el juzgado), pero sí investiga el posible encubrimiento . A ver si van a descubrir ahora que en una estructura jerárquica de poder absoluto, cuando el jefe hace algo mal, los subordinados callan. Sorprendente, ¿verdad?

El «caso aislado» que no es tan aislado

Entre la Guardia Civil que tapa a sargentos violadores durante nueve años, los comisarios condenados por acoso que vuelven a mandar, los alcaldes del PP que siguen en el cargo mientras sus ‘números dos’ huyen despavoridas, y una cúpula policial donde el jefe es «Dios» y tiene un gabinete de fieles dispuestos a comprar silencios con ascensos, uno empieza a preguntarse cuántos casos más harán falta para que alguien asuma responsabilidades de verdad.

Pero no, aquí seguimos, con un ministro que dimitirá solo si la víctima se lo pide por favor, con una oposición que pide su cabeza mientras protege a la suya, y con una ciudadanía que asiste al espectáculo de ver cómo los encargados de perseguir el delito llevan décadas perfeccionando el arte de cometerlo con impunidad.

La próxima vez que un político hable de «ejemplaridad» de las fuerzas de seguridad, conviene recordarles que el ejemplo empieza por casa. Y en esta casa, el jefe sigue siendo Dios, los subordinados, sus apóstoles, y la víctima, la única hereje. Amén.

 

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