El cuento de los corruptos del Peugeot

Nov 28, 2025

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El Gran Sainete de los Corruptos (Versión para Reírse Llorando)

En las altas esferas del poder, donde las alfombras eran tan gruesas que ahogaban los escrúpulos, un trío de personajes de sainete bailaba al son que marcaba el Gran Pinocho, un tipo con sonrisa de ventrílocuo y moral de prestamista.

Se hacían llamar «Los del Peugeot», aunque sus aspiraciones eran de Aston Martin. Eran las marionetas perfectas, cada una con un vicio de comedia:

  • Koldino, el Hombre que Amaba los Folios y las Chistorras: Su sueño erótico era una fotocopiadora que imprimiera billetes de 100 y una fabrica de embutidos. Adoraba el papel hasta el extremo patológico de creer que un informe en folio suizo de 100 euros tenía más valor que una acción de Tesla y una chistorra de 500 euros era una acción de Acciona. Su oficina parecía la buhardilla de un trapero de papeles y a una pocilga ecológica.
  • Cerdón, la Tragedia Gástrica: Su filosofía de vida era: «Si no se puede comer, que se pueda facturar». Se habría comido un arcón lleno de dinero público con salsa de billetes si no le daba una indigestión. Su conciencia era tan plana como su estómago era prominente.
  • Abalorio, el Dandi del Desfalco: Él no malversaba, él «invertía en su imagen». Un traje, un reloj, una cena de 3.000 euros… todo era «material de trabajo» para «seducir inversores». Su sobrina, por cierto, era la «consultora senior» mejor pagada sin saber encender un ordenador.

Un día, el Gran Pinocho llamó a Abalorio a su despacho, que olía a colonia cara y a chamusquina.
«Abalorio, tenemos un problema de estética», soltó el Pinocho. «Koldino está comprando folios como si se fuera a acabar el árbol en el mundo. Y lo del primo y las chistorras… ¡Es de un cutre que duele en el alma! Y Cerdón, con sus contratos, parece que va a abrir una sucursal de ‘Todo a 100’ en el ministerio. Háblales. Que robar está bien, pero hay que hacerlo con clase, coño.»

Abalorio, que llevaba un reloj que costaba más que el sueldo de todo su equipo, se sintió el rey del mambo. Esa noche, en un club de alterne de superlujo que facturó como «congreso internacional de relaciones públicas», soltó el sermón:
«Koldino, tus folios y chistorras nos hacen quedar como unos miserables. ¡Folios y Chistorras! ¡Podríamos estar desviando dinero para comprar islas! Y tú, Cerdón, ¿otra factura de jamón? Parece que el partido lo financian los ibéricos. Aprended de mí: un yate es una ‘oficina flotante’. Un Rolex es un ‘cronómetro para reuniones’. ¡Sed finos!»

La ironía era tan densa que se podía cortar con un cuchillo de oro macizo. El Gran Pinocho usaba a un narcisista para dar lecciones de ética a un coleccionista de papel y chistorras y a un devorador de presupuestos. Se vigilaban como tías cotillas en un pueblo, creyendo cada uno que era el listo de la función.

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Pero el acto final fue de comedia negra.

Todo se fue al garete, no por un error, sino por una grabación tan absurda que ni el guionista más imaginativo se la habría creído. Koldino, en un arranque de genialidad torpe, fue grabando diciendo: «No, hombre, no lo pongas en el contrato como ‘soborno’. Ponlo como ‘gastos de representación en folios de alta gama y embutidos de calidad’.»

Cuando la grabación salió a la luz, fue el cachondeo nacional. Los memes de Koldino y sus folios y chistorras invadieron internet. Cerdón se convirtió en el icono de los amantes del jamón, y a Abalorio le hicieron un montaje con la cara en el cuerpo de James Bond y Ursula Andress.

Fueron imputados y enviados a la carcel, claro. Y entonces empezó el espectáculo del arrepentimiento express.

Koldino declaró entre lágrimas que era «adicto al papel» y que entrar en una papelería o en una charcuteria le producía «un éxtasis incontrolable». Cerdón dijo que su obsesión por los contratos venía de niño, cuando su abuela le negó una segunda ración de lentejas. Y Abalorio, el colmo del cinismo, se hizo influencer desde la cárcel, dando consejos de estilo en TikTok con el hashtag #EleganciaTrasLasRejas.

Mientras, el Gran Pinocho, en su suite, veía cómo su obra de teatro se convertía en un vodevil. Sus marionetas, en lugar de callar, se habían convertido en celebrities de la prensa del corazón corrupta. Ahora su silencio no era de poder, sino de vergüenza ajena al saber que pronto caería el también.

Moraleja (en versión para reír por no llorar):
Puedes dirigir la orquesta de la corrupción, pero no puedes evitar que el de la tuba se equivoque y suelte un pedorrote en el solo más importante. Al final, el espectáculo más bochornoso no es el del que roba, sino el del que se cree un genio mientras sus compinches convierten el delito en una comedia de errores.

 
[Nota del autor: Este cuento de ficción esta basado en hechos reales. Cualquier parecido con la lógica común es pura coincidencia.]
 
 

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