Retrato de un presidente en bolas: La única verdad que el sanchismo no puede maquillar
Durante años nos han vendido la moto de que Pedro Sánchez es un superviviente nato, un político con una capacidad innata para sortear escándalos que hundirían a cualquier gobierno normal. Lo llaman «resistencia», «olfato político», «valentía». Pero lo que realmente explica su permanencia en La Moncloa es mucho más sencillo: cuando uno está dispuesto a rodearse de imputados, a blindar a sus corruptos y a utilizar la política exterior como cortina de humo, cualquier crisis se vuelve sostenible.
El famoso óleo encontrado en el Rastro —ese ‘Adán y Eva’ castizo que tanto morbo ha generado en las televisiones— no era, como algunos creyeron, una metáfora de la resistencia del presidente. Era, en realidad, la imagen más exacta del sanchismo: un presidente en bolas, sí, pero rodeado de un entorno que lleva años vistiéndole para ocultar lo que verdaderamente importa. Porque mientras las tertulias pierden el tiempo calculando las dimensiones del óleo, la justicia se prepara para sentar en el banquillo a su exministro, su exasesor y buena parte de la estructura que sostenía este gobierno.
El sanchismo, ese milagro de la naturaleza política
Los líderes del Partido Popular Europeo se reunieron hace unas semanas en Zagreb y no daban crédito. «Es una locura, un gobierno normal no sobreviviría», confesaban tras escuchar de boca de Alberto Núñez Feijóo la lista completa de casos que acosan al presidente español . La lista es tan extensa que aburre: José Luis Ábalos, Koldo García, Santos Cerdán, el hermano del presidente, su mujer, Begoña Gómez, y un largo etcétera que ya ni los periodistas especializados logran memorizar.
Pero he aquí la genialidad del sanchismo: cuando tienes a tu exministro de Transportes a punto de sentarse en el banquillo con una petición fiscal de 24 años de cárcel, lo que toca es subir el tono contra Donald Trump y recuperar el «no a la guerra» . Cuando la justicia aprieta, se saca la carpetita de la política exterior. Cuando los jueces se acercan demasiado a Moncloa, aparece Irán para salvar los muebles.
Y lo mejor es que funciona. El discurso de Sánchez contra el ataque a Irán ha tenido más de nueve millones de visualizaciones en redes sociales . Nueve millones de personas viendo al presidente convertido en paladín de la paz mientras en España la Fiscalía Anticorrupción prepara sus informes. Es lo que tiene gobernar un país donde la memoria es tan corta que ya nadie recuerda que hace apenas unos meses estábamos hablando de mascarillas que nunca llegaron, comisiones que sí llegaron y un asesor que pasó de escolta a contratista multimillonario en tiempo récord.
El juicio que viene: el sanchismo en el diván
El próximo 7 de abril, el Tribunal Supremo abrirá la vista oral del caso Koldo . En el banquillo se sentarán José Luis Ábalos, Koldo García y el empresario Víctor de Aldama. La Fiscalía pide 24 años de prisión para Ábalos y 19 años y medio para Koldo . Son cifras que deberían hacer temblar los cimientos de cualquier gobierno. Pero no, aquí estamos, discutiendo si la fragata española debe ir o no a Chipre.
El caso Koldo es, probablemente, el mayor escándalo de corrupción de la democracia reciente. No por las cantidades —que también—, sino por la naturalidad con la que se asumió que un asesor personal del ministro podía actuar como intermediario en contratos de emergencia durante la peor crisis sanitaria del siglo . Mientras los españoles se morían, había quien se forraba. Y el presidente, ese que ahora pontifica sobre la legalidad internacional, miraba hacia otro lado.
Pero no solo es el caso Koldo. Está también el caso de su esposa, Begoña Gómez, investigada por tráfico de influencias. Está su hermano, David Sánchez, imputado. Está la presidenta del Congreso, Francina Armengol, citada a declarar. Está el ministro Ángel Víctor Torres, también citado . Están los casos de acoso sexual dentro del PSOE que, según reconocieron ellos mismos, gestionaron de manera «errónea» . Está la ruptura con sus socios de Sumar, que exigen «cambios profundos» en el Gobierno y se topan con la negativa de un Sánchez que cree que todo va «extraordinariamente bien».
El líder del mundo libre (mientras no le miren la agenda)
Lo más fascinante del sanchismo es su capacidad para proyectar una imagen de estadista mientras el país se desmorona por dentro. Sánchez ha conseguido lo imposible: que medio país hable de su pulso con Trump mientras la otra mitad intenta sobrevivir a la inflación, la falta de vivienda y un gobierno paralizado porque Junts le ha retirado el apoyo.
«Está utilizando la política exterior para recuperar la iniciativa política en casa», reconocen los analistas . Es decir, la guerra de Irán le viene de perlas para no hablar de lo que pasa aquí. Y mientras, la oposición, el PP, cae en la trampa una y otra vez, mostrando su satisfacción por la caída del líder supremo iraní y permitiendo que Sánchez les retrate como belicistas .
Pero cuidado, que no todo es tan bonito. Los asesores de Trump ya han avisado: España «es prácticamente el único país dispuesto a ponerse en contra de Estados Unidos» y el Departamento de Estado ya ha abierto una investigación que podría tener consecuencias comerciales . Y los aliados europeos, esos que ahora aplauden a Sánchez en público, en privado se preguntan por qué España se niega a aumentar el gasto en defensa mientras exige solidaridad al resto.
La fragata y la hipocresía: cómo decir «no a la guerra» mientras envías barcos de guerra
Porque aquí llega la contradicción que la oposición no se cansa de señalar: Sánchez dice «no a la guerra» mientras envía la fragata Cristóbal Colón a Chipre . El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, lo explica con claridad: «El Ejecutivo no puede desplegar la Marina española sin la autorización de las Cortes» . Pero a Sánchez le da igual. Él va a lo suyo, a sobrevivir, a aguantar, a demostrar que puede con todo mientras su partido se descompone a su alrededor.
El «no a la guerra» es, en realidad, un «no a mirar hacia dentro». Porque si los españoles dirigieran la vista hacia Moncloa en lugar de hacia Teherán, verían a un presidente que lleva años blindando a los suyos, que ha convertido la resistencia en estrategia y la corrupción en paisaje. Verían a un líder que, cuando sus colaboradores caen, los deja caer sin inmutarse, como si fueran piezas prescindibles de un tablero que solo él entiende.
El cuadro y la verdad
Vuelvo al cuadro del Rastro. La ironía final es que los tertulianos se fijaron en lo de siempre: en el cuerpo del presidente, en el tamaño de sus atributos, en si Begoña sale de espaldas o de frente. Pero nadie se preguntó por qué un pintor italiano eligió retratar precisamente a esta pareja, precisamente ahora, precisamente desnuda.
Quizá porque la desnudez es lo único que no pueden controlar. Por mucho que Sánchez intente vestirse con banderas de paz y discursos internacionales, por mucho que Moncloa intente tapar los escándalos con cortinas de humo geopolíticas, la realidad termina por imponerse. Y la realidad es que el 7 de abril empieza un juicio que podría desnudar definitivamente al sanchismo.
Mientras tanto, Sánchez seguirá en lo suyo: diciendo «no a la guerra», buscando apoyos «hasta debajo de las piedras» y resistiendo como solo él sabe . Y España, entretanto, seguirá mirando. Unos al cuadro. Otros a la fragata. Los más, a la nevera vacía. Y todos preguntándonos cuánto tiempo más podrá sostenerse este castillo de naipes que alguien, con mucho sentido del humor, decidió llamar Gobierno de España.
Porque en esto del sanchismo, como en el arte, lo importante no es lo que se ve, sino lo que se decide no mirar. Y en estos ocho años, hemos mirado tantas veces hacia otro lado que ya casi hemos olvidado cómo era mirar de frente.









