El Crimen del Rol

Nov 20, 2025

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El Juego que Cruzó la Línea: La Siniestra Realidad del «Crimen del Rol»

España, principios de los 90. Una nueva moda llegaba de Estados Unidos y capturaba la imaginación de los jóvenes: los juegos de rol. Eran aventuras de lápiz y papel donde cualquier mundo era posible. Pero para Javier Rosado, un aplicado estudiante de química de 21 años, y su amigo Félix Martínez, de apenas 17, la fantasía no sería suficiente. Su obsesión los llevaría a un abismo del que no habría regreso, escribiendo uno de los capítulos más perturbadores de la crónica negra española: El Crimen del Rol.

De la Fantasía a la Pesadilla

Javier no era un jugador cualquiera. Era un «Master» creativo, pero su ingenio se torció hacia lo macabro. Inspirado por libros de terror, cómics y películas de culto, diseñó un juego propio y siniestro al que llamó «Razas». Este mundo no estaba poblado de nobles elfos o valientes guerreros, sino de personajes violentos, armados hasta los dientes y empapados en odio. Pronto, los dados y las hojas de personaje no bastaron. La línea entre el juego y la realidad comenzó a desdibujarse en sus mentes.

Decidieron que su siguiente «aventura» sería real. Su objetivo: asesinar a una persona. Su víctima ideal, según dejaron escrito, debía ser «una chica joven, y en su defecto, un menor o una persona mayor». Lo tenían todo planeado con una frialdad escalofriante: Javier se encargaría de apuñalar de manera reiterada a la víctima en zonas no vitales, para infligir el máximo dolor y debilitarla, mientras Félix actuaría como cómplice necesario.

La Noche en que el Juego se Hizo Real

La madrugada del 30 de abril de 1994 salieron a cazar. Tras merodear por el barrio madrileño de Manoteras, enfundados en guantes de látex y empuñando sendos cuchillos, encontraron a su víctima: Carlos Moreno, un hombre de 52 años que volvía a casa después de su jornada laboral.

Lo que siguió fue una carnicería que superó cualquier escena de terror. Tras robarle 60.000 pesetas, el asalto se transformó en un suplicio. Obligaron a Carlos a ponerse las manos en la espalda y le asestaron la primera cuchillada en el cuello. El hombre, en un acto desesperado por vivir, intentó huir, pero fue alcanzado en un terraplén. Allí, la brutalidad alcanzó cotas dantescas. Javier perdió su cuchillo y, en un éxtasis de violencia, comenzó a morder ferozmente a la víctima, mientras Félix seguía apuñalándola. Carlos Moreno tardó quince largos y agonizantes minutos en morir.

La escena que encontró un conductor de autobús horas después era indecible: un hombre apuñalado 19 veces, degollado, destripado y con la columna vertebral rota.

La Arrogancia del Asesino y la Pesadilla que no Calla

El caso estuvo a punto de quedar impune. La policía solo encontró un pedazo de un guante de látex en la boca de la víctima, una pista sin dueño. Los meses pasaban sin sospechosos.

Fue la arrogancia de Javier la que los traicionó. Incapaz de guardar su hazaña siniestra, se jactó ante sus amigos de los detalles del crimen. Uno de ellos, atormentado por la confesión, se lo contó a un párroco, quien aconsejó a los padres que acudieran a la policía.

Cuando los agentes registraron la casa de Rosado, hallaron la prueba más contundente y aterradora: su diario personal. En él, describía el asesinato con una frialdad clínica y psicópata que estremeció al tribunal:

«Seguí desgarrándole el cuello, proponiéndome a mí mismo cosas del estilo de ¡conseguiré arrancar este cartílago en menos de tres intentos! ¡Llegaré a las cuerdas vocales y dejará de hacer ruido! Era espantoso: ¡Lo que tarda en morir un idiota! Era algo increíble y portentoso: llevábamos casi un cuarto de hora machacándole y seguía intentado hacer ruidos. ¡Qué asco de tío!».

El Veredicto Final

En el juicio, se descartó que Javier Rosado padeciera esquizofrenia paranoide. El joven químico en ciernes era, a todos los efectos, consciente de sus actos. La justicia falló: 42 años y dos meses de prisión para Javier Rosado, y 12 años para Félix Martínez.

El «Crimen del Rol» se convirtió en un amargo recordatorio de cómo la obsesión y la pérdida de contacto con la realidad pueden desencadenar una monstruosidad impensable, un caso donde la ficción más oscura decidió salir a la calle para reclamar una víctima real.

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