El Caso que Envenenó a la España de la Restauración
En el Madrid de 1888, una ciudad que oscilaba entre el resplandor de la Regencia de María Cristina y las sombras de una miseria endémica, un crimen brutal en el número 109 de la castiza calle Fuencarral desató un escándalo de dimensiones nacionales. No fue solo un asesinato; se convirtió en el crisol donde se cocieron todas las tensiones de una época: la lucha de clases, la corrupción de las élites, el sensacionalismo de la prensa y el nacimiento de un juicio mediático.
El Hallazgo Macabro: Un Cuadro de Pesadilla
A finales de agosto, una columna de espeso y oloroso humo negro, que olía a carne chamuscada y muebles viejos, comenzó a escapar por los balcones de una vivienda de la calle Fuencarral. Alertados por los gritos de los vecinos y el pánico creciente, se presentaron en el lugar el juez Felipe Peña, el portero del edificio y dos guardias de la autoridad. Al forzar la puerta, una oleada de calor y un hedor nauseabundo les recibió.
La escena que se reveló ante sus ojos era dantesca. En el salón, sobre una alfombra ya ennegrecida, yacía el cuerpo sin vida de doña Luciana Borcino, una viuda de cierta fortuna y posición. No había sido solo asesinada; había sido masacrada. Presentaba múltiples y profundas puñaladas, y alguien, en un intento burdo y desesperado de borrar las huellas del crimen, había intentado prenderle fuego. El cadáver, medio carbonizado, era una visión de pesadilla.
Pero la escena guardaba más misterios. En la cocina, inconsciente y tendida en el suelo, encontraron a la criada de la difunta, Higinia Balaguer. Junto a ella, un bulldog de la casa yacía adormecido, anestesiado, como si alguien hubiera querido silenciar al único testigo mudo sin necesidad de matarlo. ¿Era Higinia una víctima más, atacada por el mismo asaltante, o el sueño del perro era la clave que la señalaba como culpable?
La Investigación: Un Nudo de Intereses y Mentiras
Las primeras pesquisas apuntaron al móvil del robo. Luciana Borcino era conocida por guardar importantes sumas de dinero en su domicilio. Pronto surgió la figura de su hijo, José Vázquez Varela, alias «el Pollo Varela», un joven de vida disoluta que, irónicamente, se encontraba en esos momentos cumpliendo condena en prisión por el robo de una simple capa. La paradoja era evidente: ¿cómo podía un preso ser el autor material de un crimen fuera de la cárcel?
Fue la propia Higinia, ya detenida como principal sospechosa, quien tejió la primera gran madeja. Bajo interrogatorio, declaró que, en la noche del crimen, un «señor» había visitado a su señora. Insinuó con fuerza que ese «señor» era el propio Pollo Varela, quien, según ella, gozaba de un privilegio insólito: entraba y salía de la cárcel a su antojo gracias a su estrecha amistad con José Millán Astray, el entonces director de la moderna y emblemática Cárcel Modelo de Madrid.
Esta acusación fue una bomba. Implicaba directamente a una alta autoridad penitenciaria, un hombre con conexiones poderosas, en la trama de un asesinato. Millán Astray, padre del futuro fundador de la Legión, no podía permitir que su reputación y carrera se vinieran abajo. La investigación dio un giro dramático: dejó de buscar solo al asesino material para intentar desentrañar una supuesta conspiración entre la criada y las altas esferas.
El Juicio del Siglo: «Higinistas» vs. «Varelistas»
El caso trascendió los tribunales y se instaló en los cafés, las plazas y las portadas de los periódicos. Madrid se dividió en dos bandos irreconciliables. Por un lado, los «higinistas», que veían en la criada una pobre mujer víctima de un montaje para salvar al hijo burgués y a sus poderosos protectores. Para ellos, Higinia era el chivo expiatorio del proletariado, acusada para proteger los intereses de la clase adinerada.
Por el otro, los «varelistas», que defendían la inocencia del «Pollo Varela» y presentaban a Higinia como una mujer astuta y mentirosa que había matado a su señora por codicia y ahora intentaba arrastrar a inocentes a su caída.
La cobertura periodística fue feroz. Uno de los cronistas más destacados fue Benito Pérez Galdós, el gran novelista de la vida española, quien incluso se entrevistó con Higinia en prisión, buscando la verdad humana detrás del titular. El juicio se convirtió en un espectáculo nacional, el primero de su kind en España, donde la prensa moldeaba la opinión pública día a día.
Bajo esta presión insoportable, y con sombrías sospechas de que el propio Millán Astray había presionado a Higinia para que se declarase culpable y cerrara el caso, la criada comenzó a cambiar constantemente su versión. Finalmente, se derrumbó y confesó el crimen en solitario. Según su relato final, todo había sucedido tras una discusión banal: doña Luciana se enfadó porque Higinia rompió un jarrón, la riña escaló y, en un arranque de ira, la criada apuñaló a su señora. El intento de incendio fue su torpe esfuerzo por ocultar el crimen pasional.
El Desenlace Trágico y el Grito que Atraviesa el Tiempo
El veredicto, en un ambiente tan enrarecido, era predecible. El «Pollo Varela» fue absuelto por falta de pruebas. Sin embargo, el hedor a corrupción era tan fuerte que Millán Astray y su poderoso protector, Eugenio Montero Ríos, presidente del Tribunal Supremo, se vieron forzados a dimitir de sus cargos. Fue una victoria pírrica para la justicia, que sacrificó a unos altos cargos pero necesitaba un culpable material.
Ese culpable fue Higinia Balaguer. El 29 de julio de 1890, en el patio de la Cárcel Modelo de Madrid, fue ejecutada mediante garrote vil. Con el coraje de quien ya nada tiene que perder, subió al cadalso y, antes de que el verdugo girara el tornillo, dirigió al mundo sus últimas y enigmáticas palabras: «¡Dolores, catorce mil duros!».
El grito congeló la sangre de los presentes. Iba dirigido a Dolores Ávila, «Lola la Billetera», una amiga íntima de Higinia. ¿Era un mensaje codificado? ¿La ubicación de un botín robado? ¿Una acusación final hacia alguien que la había traicionado por esa suma? Nadie lo ha sabido nunca. «Lola la Billetera» siempre negó conocer el significado de la frase.
El crimen de la calle Fuencarral se cerró con un ejecutado, pero nunca se resolvió del todo. Permanece en la memoria colectiva como el caso que destapó la podredumbre bajo la superficie de la España de la Restauración, y su misterio final, gritado en el umbral de la muerte, sigue esperando, más de un siglo después, a que alguien descifre su verdad.









