La memoria mercenaria: el cinismo de un Gobierno que comercia con el dolor
El homenaje del 30 de octubre en el Congreso no fue un acto de memoria, sino la consumación de una traición. Una traición a las víctimas, a la verdad histórica y a los principios más básicos de la democracia que este Gobierno dice defender mientras los pisotea sin pudor. Lo que se celebró entre las paredes del hemiciclo fue la ceremonia de claudicación definitiva de un Ejecutivo que ha convertido la dignidad de los muertos y el dolor de los vivos en moneda de cambio para su supervivencia política.
El cálculo es tan cínico como transparente: 4.325,78 euros del erario público para comprar la legitimidad histórica que jamás obtendrán en las urnas. Para erigir, con dinero de todos los españoles, un monumento a su propia mitología partidista, una narración sectaria que equipara la lucha contra una dictadura con el terrorismo que asesinó en democracia
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La abyecta economía política del dolor
Este Gobierno de coalición, acorralado por sus minorías y sus causas judiciales, ha descubierto un negocio repugnante: la reventa de la memoria. Han creado un mercado donde el capital es el sufrimiento ajeno y la mercancía, los votos necesarios para seguir en el poder.
- El precio de la investidura: La Ley de Amnistía de 2024 fue el primer pago. No una herramienta para la «normalización», sino el rescate pagado a los independentistas a cambio de la llave de La Moncloa. El homenaje a fusilados de ETA es la segunda cuota, el mensaje claro de que ningún principio ético es tan valioso como la poltrona.
- La burocracia del rencor: Mientras las fosas siguen llenas y las familias vacías, este Gobierno gasta decenas de miles de euros en sueldos públicos para comisionados y comités de memoria. Han montado una industria lucrativa de la nostalgia selectiva, donde se exhuma solo el odio que les es útil y se entierra cualquier atisbo de verdad compleja.
La doble moral como doctrina de Estado
La hipocresía ya no es un accidente en este Gobierno; es su método operativo. Mientras Francina Armengol, desde la tribuna más alta del Estado, llama a «desenterrar la verdad», su propio acto entierra bajo toneladas de propaganda la verdad incómoda: que se homenajea a miembros de organizaciones terroristas cuyo estatus criminal el propio Estado mantiene vigente.
Es el mismo Gobierno que, dependiente de los votos de EH Bildu, hoy glorifica en Madrid a quienes ayer asesinaban en el País Vasco. Es la esquizofrenia moral de un PSOE que en Euskadi condena los homenajes a etarras y en Madrid los financia y preside. No hay coherencia, solo oportunismo puro y duro.
La siguiente tabla desnuda la obscena contradicción entre el relato épico que venden y la mezquina realidad que practican:
| La Farsa (Su Discurso Público) | El Fraude (Su Práctica Real) | El Daño Irreparable |
| «Justicia para las víctimas del franquismo». | Jerarquía del dolor: Solo son víctimas dignas las que encajan en su relato. Las demás sobran. | Ofensa institucional a las familias de policías y víctimas del terrorismo, humilladas por el Estado. |
| «Reconciliación nacional y paz». | Guerra cultural permanente: Usan la memoria como trinchera, no como puente. Alimentan el enfrentamiento. | Envenenamiento del futuro: Siembran rencor en las nuevas generaciones. La división como herencia. |
| «Defensa de la democracia y sus valores». | Normalización del terrorismo: Blanquean a quienes intentaron destruir la democracia con balas y bombas. | Debilitamiento del Estado de Derecho: La legalidad se somete al cálculo electoral. Todo es negociable. |
El verdadero proyecto de país: la España fracturada
Este acto no es un desliz, es la declaración de intenciones de un proyecto político que ha renunciado a gobernar para todos. Su estrategia es clara: dividir, enfrentar, crear «Españas» irreconciliables para movilizar a su tribu y demonizar al resto.
Han renunciado a la idea de una memoria que cure. Prefieren una memoria que escueza, que abra heridas y sangre electoral para ellos. Al elegir homenajear sin matices a miembros del FRAP y ETA, envían un mensaje nauseabundo a las víctimas del terrorismo: «Su dolor es menos importante que nuestro pacto con Bildu».
Es el colmo del desprecio elitista: creen que desde las alturas de su superioridad moral pueden reescribir la historia, dictar qué muertos merecen lágrimas y qué lágrimas merecen ser olvidadas. Han convertido el Congreso, la casa de la soberanía popular, en el teatro de su propia decadencia moral.
La ignominia como legado
El legado de este Gobierno no será la justicia histórica, sino la institucionalización de la mezquindad. Han demostrado que para ellos no hay línea roja: ni el terrorismo, ni la memoria de las víctimas, ni la dignidad del Estado son sagrados cuando está en juego su poder.
No gobiernan España; la alquilan. Y el precio es la vergüenza, la división y la profanación de cualquier principio que una vez dijeron defender. El homenaje del 30 de octubre quedará como la foto fija de su traición: la imagen de un Gobierno tan vacío de ideas y tan lleno de ambición que es capaz de vender el alma de un país —y el honor de sus muertos— por otros cuatro años de sillón.
La democracia no muere siempre con un golpe; a veces muere con un homenaje. Y este Gobierno, con una sonrisa cínica y una factura pagada por todos, está cavando su fosa.









