El chocolate campechano de Pilar Alegría

Dic 28, 2025

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Cuando la política se disfraza de folclore

 

En un último y desesperado intento por conectar con el electorado aragonés, la secretaria de Política Autonómica del PSOE y candidata a la presidencia de Aragón, Pilar Alegría, ha descubierto el elixir mágico de la cercanía: una taza de chocolate caliente en el Hostal de Ipiés de Sabiñánigo (Huesca). El vídeo de campaña, que pretendía proyectar una imagen de campechanía y raigambre, se ha convertido en poco menos que un manual de lo que no hay que hacer en plena precampaña electoral. Las redes sociales no han perdonado la impostura, y los usuarios han señalado con sarcasmo el repentino acento maño adoptado por la exministra: «Qué rápido cogen algunas el acento maño», comentaba un usuario. Otros, con menos delicadeza, apuntaban directamente al historial de la candidata: «Ella es muy de Paradores. Y entiendo que también de Hostales», en alusión a escándalos previos del partido en la región.

Lo cierto es que la secuencia del chocolate tiene más de cortometraje surrealista que de acción política convincente. Muestra, una vez más, la 

obsolescencia de un modelo de comunicación política que cree que la autenticidad se puede encender y apagar como un interruptor, preferiblemente frente a una cámara y con un producto local de proximidad en la mano. La candidata, exministra de Educación y ex portavoz del Gobierno de Pedro Sánchez, parece haber intercambiado el despacho de La Moncloa por la mesa de un hostal rural con la torpeza de quien pisa un terreno que no es el suyo.

Más allá del meme: una campaña en picado y un partido fracturado

El ridículo vídeo no es más que la punta del iceberg de una campaña marcada por la desesperación y las malas previsiones. Las encuestas pronostican un batacazo histórico para el PSOE en Aragón, que podría caer a unos 10-11 escaños, igualando o incluso empeorando el peor resultado de su historia en la comunidad, obtenido por Javier Lambán en 2015. Este panorama desolador ha desatado no solo las burlas externas, sino una grave crisis interna dentro del partido.

Hasta cinco diputados socialistas, entre ellos la portavoz adjunta Leticia Soria y el alcalde de Cariñena, Sergio Ortiz, han renunciado a ir en las listas de Alegría, considerando que los puestos que se les ofrecían carecían de opciones reales y resultaban «humillantes». Ortiz, de hecho, ha expresado abiertamente su añoranza por el estilo del exsecretario general Javier Lambán, señalando la falta de «referentes» y «cables a tierra» en el actual proyecto. Desde el PP no han dudado en calificar este episodio como el pase del «rodillo» de Alegría sobre sus propios compañeros.

La dirección del partido ha optado por un «cierre orgánico», priorizando la lealtad a la corriente sanchista por encima de la experiencia o el arraigo territorial. Este movimiento, que algunos dentro del PSOE ya han tildado de «purga», no hace sino ahondar en la división entre los fieles a Pedro Sánchez y quienes defienden una «voz propia» para Aragón. Como resumen con amargura algunos militantes: «Se vende unidad, pero parece que, en cuanto discrepas o te sales de la línea, la maquinaria del partido te va orillando».

¿Tecnócratas o políticos? Un debate trasnochado en la era del postureo

En medio de este panorama, la crítica que apunta a la ausencia de tecnócratas en la política —insinuada en algunas reacciones al vídeo— merece una reflexión aparte. La historia nos enseña que el sueño tecnocrático, el gobierno de los expertos, ha sido una utopía recurrente en tiempos de crisis. Desde Henri de Saint-Simon en el siglo XIX, que proponía que industriales y científicos administraran el Estado, hasta el efímero pero sonado «Movimiento Tecnocrático» estadounidense de los años 30, que soñaba con abolir el dinero y el sistema de partidos para que ingenieros gobernaran basándose en certificados energéticos.

Sin embargo, la realidad ha demostrado una y otra vez los límites de este enfoque. El tecnócrata puro, aquel que cree que los problemas sociales tienen una solución técnica única y objetiva, suele chocar contra el muro de la complejidad humana, los intereses contrapuestos y la necesidad de legitimidad democrática. El caso de Robert McNamara, secretario de Defensa de EE.UU., es paradigmático: aplicó una gestión empresarial impecable a la guerra de Vietnam, pero eso no hizo que la decisión política de fondo fuera menos catastrófica. Como apunta el filósofo español Ortega y Gasset, el político, con todos sus defectos, necesita «tacto y astucia» y, sobre todo, «una cierta idea de la justicia». Cualidades que no se miden en un currículum técnico.

El problema de la política actual, ejemplificado en el bochornoso vídeo de Alegría, no es la falta de tecnócratas. Es la ausencia de autenticidad, de proyecto creíble y de conexión real. Es la reducción de la comunicación a un ejercicio de postureo folclórico, donde el acento y el chocolate sustituyen al diálogo y a las ideas. Es la percepción, cada vez más extendida, de una clase política que vive en una burbuja, ajena a los problemas cotidianos de la gente y más preocupada por su supervivencia en el cargo que por el bien común.

Mientras Pilar Alegría intenta sin éxito beber de la esencia aragonesa en una taza de chocolate, su partido se desangra en luchas internas y la derecha, unida en torno a Jorge Azcón, observa con ventaja en las encuestas. El 8 de febrero, Aragón no solo decidirá su gobierno autonómico; también podría dictar sentencia sobre un estilo de política hueco y desconectado, que confunde la cercanía con un decorado y el compromiso con un guion mal ensayado. Lo triste no es que la candidata adopte un acento forzado, sino que haya quien crea que con eso basta.

 

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