El Sueño : Cuando la Profecía de Iglesias Invadió Mi Descanso
Me llamo Isidro. Soy jubilado de la policía nacional, y vivo en un piso de San Cristóbal de la Laguna. Anoche tuve un sueño tan vívido y absurdo que me he levantado con la necesidad de escribirlo, algo que no hago desde que anotaba partes de incidencias. Mi vida ya no gira en torno a grandes operativos, sino a mis rutinas: el cortado de media mañana con partida de domino, el paseo hasta el quiosco y evitar que me duela la espalda. Pero ayer, después de cenar, la radio del salón soltó un fragmento de un tal Pablo Iglesias advirtiendo a gritos que Sánchez y Zapatero iban a la cárcel. Yo me fui a la cama pensando en si al día siguiente llovería durante el paseo, y mi cerebro, en un acto de sabotaje nocturno, decidió montar el espectáculo más disparatado que recuerdo.
La Invasión del Café de Media Mañana
Soñé que estaba sentado en mi cafetería habitual de La Laguna, la que está en la Avenida Trinidad, tomándome tranquilamente mi cortado y jugando al domino. De repente, un ruido atronador que reconocí de inmediato: el sonido de palas de rotor de un helicóptero acercándose a baja altura. Por instinto, me puse en tensión, una reacción que el cuerpo no olvida. Por encima de los tejados vi pasar un helicóptero negro con una bandera gigante de los Estados Unidos y, extrañamente, el logo de una famosa marca de refrescos de cola. Aterrizó en el aparcamiento que se encuentra en la parte trasera de la cafetería, levantando una nube de arena que arruinó varias partidas.
De él bajaron tipos con trajes tácticos, auriculares y gafas de sol que parecían más mercenarios de película que agentes de cualquier cuerpo que yo conociera. No vinieron a por mí. Vinieron a por Eduardo, el gallo de La Palma. Eduardo, que tiene 69 años, siempre con aire de sunsun y cuya única actividad subversiva es tomarse varios chupitos y discutir con todos por plantar Kalanchoe en las jardineras de la cafeteria. El agente al mando le mostró una tablet.
—Eduardo el gallo de La Palma —dijo el tipo con voz metálica—. Está usted detenido por el delito de «logística de proximidad para redes de influencia blanda». Hemos detectado que entre 2015 y 2019 facilitó paquetes, de manera continuada a un hombre rubio de origen cubano. Es un nodo de distribución de ideología comunista.
A Eduardo se lo llevaron mientras él protestaba: «¡Pero si el pobre solo recibía libros de su familia! ¡Yo lo que hacía era ser buen amigo!». Yo me quedé con el seis doble en la mano, paralizado en mi silla. Si se llevaban a Eduardo por abrir una puerta, ¿qué no harían conmigo, que durante años, en el puesto, tuve como consigna «vigilar y proteger» a todos los ciudadanos, sin preguntar de dónde venían?
El Juicio en el Salón de Actos de la Junta
El sueño saltó. Ya no estaba en la cafetería, sino en un lugar que era una mezcla entre el juzgado de instrucción número 5 y el plató de Gran Hermano. El salón de actos de la junta de distrito se había convertido en una sala de vistas. Los jueces eran los presentadores de esos programas de telerrealidad, con togas que brillaban como discotecas. Y en el banquillo de los acusados… estábamos todos. Eduardo el gallo de La Palma, el dueño de la cafetería (por poner en WhatsApp un chiste sobre la CIA), mi amigo Abraham el que no limpia pescado (por tener una camiseta vieja del Che Guevara que le regalaron en una feria) y hasta mi gata Wendy (por maullarle una vez al cartero, que era de Ecuador, «en un claro acto de sesgo geopolítico instigado por el dueño»).
El fiscal era una figura gigante y pixelada, como un holograma mal renderizado. No se le veía la cara, pero se le reconocía la voz y la retórica. Era la voz del señor de la radio, Pablo Iglesias, pero amplificada y distorsionada, como si saliera de todos los altavoces a la vez.
—¡La prueba es incontestable! —rugía el holograma, mientras en una pantalla se proyectaba un diagrama de flechas y garabatos hecho, claramente, en el Paint de Windows 98—. Esta red de microcomplicidades vecinales (caramelos, puertas abiertas, saludos en el ascensor) es el caldo de cultivo del gran operador latinoamericano. ¡Cada gesto de convivencia es un acto de desarme cultural programado!
Yo, con el reflejo de quien ha declarado cientos de veces, intenté ser formal: «Protesto, señoría. Durante treinta años serví para hacer cumplir la ley, no para esto». El juez-presentador me dio un golpe con el mazo, que hacía ¡pling! como el timbre de un concurso. «¡Silencio en la sala! El acusado confiesa: treinta años normalizando un orden público que ahora es disfuncional para la nueva doctrina. ¡Es un agente doble de la normativa obsoleta!».
La Cárcel (Que Resultó Ser Un Spa de Bajo Coste)
Lo más absurdo vino después. Nos llevaron a la cárcel, que resultó ser un antiguo balneario municipal reconvertido. No había barrotes, sino mamparas de cristal ahumado. Los «reclusos» no llevaban uniforme a rayas, sino albornoz y chanclas. Sánchez y Zapatero, los presos estrellas, no parecían nada deprimidos. Sánchez había optimizado el sistema de turnos para las saunas con una eficiencia pasmosa y había creado una comisión de usos. Zapatero daba clases de mindfulness junto a la piscina de burbujas y había formado un club de lectura de poetas nórdicos.
Desde fuera, la gente hacía cola para entrar de visita. Habían convertido el lugar en un destino de wellness político. Vendían toallas y gorro de baño con el lema «Yo me relajé en el Balneario-Cárcel de la Socialdemocracia». Lo que en el sueño del señor Iglesias sería una victoria, para mí, como viejo agente de la autoridad atrapado ahí, era profundamente desquiciante. Habían criminalizado la rutina y luego habían convertido el castigo en un retiro vip. Yo solo quería volver a mis partidas de domino y a mi cortado en paz.
El Despertar: De Vuelta a la (Aburrida y Maravillosa) Realidad
Me desperté sobresaltado, con el corazón a mil. Era de madrugada. Se oía el ronquero constante de la cisterna del baño, que tengo que arreglar. Me levanté, fui a la cocina y me serví un vaso de agua, mirando por la ventana el bloque de enfrente donde vivia Eduardo, con sus ventanas oscuras y sus antenas de televisión.
Encendí el móvil y, casi por un acto reflejo, busqué a Pedro Sánchez en Twitter. Ahí estaba, tuiteando sobre una reunión de ministros de Industria de la UE. José Luis Rodríguez Zapatero había compartido una foto de un pájaro carpintero. Eduardo, seguramente estaría durmiendo a pierna suelta, sin saber que había sido el protagonista de mi delirio onírico.
Suspiré, aliviado. El mundo seguía en su sitio. El ruido ensordecedor de las conspiraciones globales se desvaneció, reemplazado por el rumor lejano de la Autopista Norte a las 8 de la mañana. La profecía del señor Iglesias era, afortunadamente, solo eso: un potente montaje audiovisual que, como un virus, se me había colado en el sueño. Pero ahora estaba despierto. Y hoy, en mi paseo, voy a saludar a Eduardo con un poco más de fuerza. Por si acaso. Y a ver si puedo tomarme mi cortado sin que aterrice nada.









