Policías traidores que favorecieron a ETA
El «Caso Faisán» es uno de los episodios más oscuros y reveladores de la reciente historia democrática española. Este nombre hace referencia al chivatazo policial que en mayo de 2006 alertó a la red de extorsión de ETA de una inminente operación, frustrando su desmantelamiento en pleno proceso de negociación del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero con la banda terrorista. Más allá de los hechos probados, este caso expuso graves fallos estructurales en la relación entre política, justicia y fuerzas de seguridad, dejando una estela de impunidad y cuestionamientos éticos que persisten hasta hoy.
Cronología de los hechos y el proceso judicial
El núcleo del caso es simple en su gravedad: el 4 de mayo de 2006, desde un teléfono de la Comisaría General de Información de la Policía, se alertó a Joseba Elosua, dueño del bar «Faisán» en Irún y presunto recaudador de ETA, de que no cruzara la frontera para recoger 54.000 euros porque la policía le esperaba. Esta filtración desbarató una operación meticulosamente planeada contra el aparato financiero de la banda.
El proceso judicial fue largo y tortuoso:
- Inicio (2006): El juez Fernando Grande-Marlaska abre diligencias.
- Paralización (2006-2008): El juez Baltasar Garzón asume el caso y, según críticas, lo deja «en un cajón para que durmiera el sueño de los justos».
- Reactivación: El juez Santiago Pedraz, y posteriormente el juez Fernando Ruz, retoman la investigación.
- Juicio y sentencia (2013): Tras siete años, solo dos acusados llegan al banquillo: el ex jefe superior de Policía en el País Vasco, Enrique Pamies, y el inspector jefe José María Ballesteros. La Audiencia Nacional los absuelve del delito de colaboración con banda armada, pero los condena a un año y medio de prisión y cuatro de inhabilitación por revelación de secretos.
- Recursos y reaperturas: El Tribunal Supremo confirmó la sentencia. Sin embargo, en 2017, un nuevo informe policial llevó al juez José de la Mata a reabrir la causa para investigar la autoría intelectual, aunque sin resultados concluyentes.
El veredicto legal: Un debate sobre el «dolo específico»
La absolución por colaboración con banda armada generó un intenso debate jurídico y político. La sentencia se basó en un argumento técnico: este delito requiere un «dolo específico», es decir, la intención de favorecer a la organización terrorista.
El tribunal consideró probado que los policías actuaron con otro móvil: preservar el «proceso de paz» que el Gobierno impulsaba entonces con ETA. En palabras de la propia sentencia, «chivarse para favorecer el final de ETA no es colaborar con ETA». Para los magistrados, los acusados no estaban del lado de ETA, sino que realizaron un acto ilícito (la revelación de secretos) en el marco de una estrategia antiterrorista superior avalada por el Parlamento.
Esta interpretación fue vista por algunos sectores, especialmente el PP y asociaciones de víctimas, como una instrumentalización política de la Justicia y una forma de justificar los medios por un fin considerado superior. Sin embargo, expertos jurídicos defendieron que la sentencia era «jurídicamente impecable», ya que condenó el acto ilícito (revelación de secretos) sin extender la condena a un delito más grave cuyos requisitos subjetivos no se cumplían.
Crítica estructural: Las grandes preguntas sin respuesta
El verdadero escándalo del Caso Faisán trasciende la condena a dos mandos policiales. Reside en las preguntas que nunca fueron contestadas y que apuntan a fallos sistémicos:
- ¿Quién dio la orden? Pamies y Ballesteros se negaron siempre a revelar de quién habían recibido instrucciones, manteniendo un «sepulcral silencio». Durante el juicio, Pamiés declaró: «Nunca recibí órdenes políticas… tampoco lo hubiera admitido». Esta falta de colaboración impidió que la investigación llegara a los responsables políticos o a la cúpula superior policial. Un informe policial posterior apuntó al entonces número dos de Interior, Antonio Camacho, pero la investigación no prosperó.
- ¿Fue una «paz sucia»? El caso se enmarca en un contexto de negociación con ETA. Algunos analistas vieron en el chivatazo un «guiño» o una demostración de buena fe hacia la banda para facilitar el diálogo, lo que ha sido calificado como una estrategia de «paz sucia», donde se emplean medios ilegítimos para alcanzar un fin político. Esto revive el eterno dilema ético de si el fin justifica los medios en la lucha antiterrorista.
- La impunidad y la instrumentalización política: El caso quedó marcado por la impunidad. Los dos condenados traidores a sus compañeros asesinados por ETA, no pisaron la cárcel (por carecer de antecedentes) y pudieron jubilarse o mantener sus cargos. Políticamente, fue usado como arma de desgaste por el PP contra el Gobierno de Zapatero y su ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. Sin embargo, una vez en el poder, el PP también contribuyó al «manto de silencio» sobre el caso, demostrando cómo se priorizaron los intereses partidistas sobre la búsqueda de la verdad.
- Las víctimas, las grandes olvidadas: La sentencia reconoce que, debido al chivatazo, en los registros «nada se pudiera encontrar». Esto significó que la red de extorsión de ETA, que financiaba su terrorismo a través del «impuesto revolucionario», pudo seguir operando y aterrorizando a empresarios y ciudadanos. Las víctimas de esta extorsión y del terrorismo en general vieron cómo un acto de sus propias instituciones permitía la continuidad de sus verdugos.
- Documento de la banda terrorista ETA: Incautado el 20 de mayo de 2008 en Francia, consistente en un acta de una reunión de negociación fechada el 22 de junio de 2006, donde se recoge que el chivatazo fue una decisión política y que desde el gobierno se trató de evitar las detenciones. Por su parte, el secretario de Estado de Seguridad, Antonio Camacho, puso en duda la veracidad de dichas actas, argumentando que «todo demócrata conoce la veracidad de los papeles o documentos de la banda», eludiendo hacer valoraciones al respecto.
Una sombra que perdura
El Caso Faisán no es solo una anécdota judicial del pasado. Es un síntoma de las debilidades de un Estado de Derecho cuando los límites entre la acción política, la labor policial y la justicia se difuminan. Puso de manifiesto cómo estrategias de Estado pueden vulnerar la legalidad, cómo la Justicia puede verse limitada por silencios y presiones, y cómo la verdad puede sacrificarse en el altar de la oportunidad política.
Veinte años después, el caso sigue siendo una herida abierta que simboliza la opacidad, la impunidad de altos cargos y la desconfianza en las instituciones. Cerrarlo de verdad no requiere solo de sentencias judiciales, sino de una voluntad política y social de exigir transparencia y asegurar que, en una democracia, el fin nunca justifique la traición a los medios legítimos. La sombra del bar Faisán se alarga como un recordatorio de los peligros de confundir la lucha contra el terrorismo con la complicidad con él.









