El camarada Rufián y el socialismo en un solo país (que no es España)

Feb 22, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El camarada Rufián y el socialismo en un solo país (que no es España)

Mientras la izquierda española busca desesperadamente un matón que ponga orden en el manicomio, Gabriel Rufián se perfila como el Stalin de butifarra que necesitan. Solo le falta el bigote y un buen servicio secreto para eliminar a sus rivales. Lo demás ya lo tiene: ambición sin límites, sonrisa cómplice ante el crimen y una capacidad para la doble moral que dejaría al mismísimo Koba en pañales.

Una columnista de postín, de esas que desayunan en la primera fila del teatro progresista mientras sus jefes les dictan la línea editorial con cuentagotas, ha lanzado la propuesta definitiva: la izquierda española necesita urgentemente un matón. Y el elegido es Gabriel Rufián, el «charnego terrible» del separatismo catalán, el niño mimado de la progresía guerracivilista que ha conseguido el imposible: ser independentista y españolista a la vez, internacionalista y paleto, cosmopolita y provinciano.

Vamos, el hombre del renacimiento en versión chándal y coleta.

Pero vayamos más lejos. Porque si de matones hablamos, conviene recordar al padrino de todos ellos: Iósif Stalin, el seminarista georgiano que convirtió la revolución en una pesadilla, que envió a millones al Gulag mientras se fotografiaba con niños sonrientes, que liquidaba camaradas con la misma naturalidad con que otros se toman un café. El hombre de acero, el padre de los pueblos, el genial arquitecto del socialismo en un solo país.

Rufián, claro, es una versión de saldo. El Stalin de la Garriga. El pequeño dictador de opereta que sueña con su propio politburó mientras pasea su chulería por los platós de televisión. Pero las similitudes son más profundas de lo que parece. Veamos.

Stalin construyó su poder sobre las ruinas de sus antiguos compañeros. Trotsky, Bujarin, Zinoviev, Kámenev… todos fueron cayendo uno tras otro, primero expulsados del partido, luego ejecutados o asesinados en México a golpes de piolet. Rufián, por su parte, observa con mirada hambrienta el cadáver político de la izquierda española. En el frenopático podemita ya no queda nadie: la Niña de la Curva y Lady Tenacillas compiten por ver quién dice la mayor burrada, Errejón cayó en desgracia tras aquel desdichado asunto con Elisa Mouliaá, Pablo Iglesias se ha convertido en tabernero multimillonario mientras su ex mujer imparte feminismo de saldo desde Bruselas con sueldazo europeo, y el resto de aspirantes socialistas están en la cárcel por corrupción. El paisaje después de la batalla es perfecto para que llegue el enterrador.

Como Stalin, Rufián sabe esperar. Como Stalin, Rufián sonríe mientras sus rivales se desangran.

Pero hay algo más profundo, algo más inquietante. Recordemos aquel día inolvidable en que Rufián entrevistó a la youtuber Estíbaliz Quesada, más conocida como «Soy una pringada» —y vaya si acertó con el nick—. Cuando la susodicha soltó su célebre «hay que matar a los simpatizantes de VOX», la respuesta de Rufián no fue un corte en seco, no fue una reprobación, no fue un «esto no tiene cabida aquí». Fue una sonrisa. Suave, cómplice, de esas que saben a quién miran y a quién señalan.

Luego, claro, vino la rectificación obligada, el paripé de manual, el «no, yo no comparto eso». Pero cualquiera que sepa leer una mirada y una sonrisa espontáneas sabe perfectamente lo que había ahí. Lo mismo que hubo en Katyn, en el Gulag, en las purgas de Moscú: odio puro y duro al que piensa distinto. La única diferencia es que hoy es más difícil llevar un arma encima. Por ahora.

Stalin también sonreía. Las fotografías del líder con su hija Svetlana muestran a un padre cariñoso, un hombre entrañable que hacía bromas mientras firmaba listas de ejecuciones. Esa capacidad para la doble vida, para la sonrisa cómplice mientras la muerte ronda, es el rasgo distintivo del verdadero matón. Rufián la tiene. No le hace falta bigote ni uniforme. Le basta una sonrisa en el momento adecuado.

«El republicano separatista» —categoría política que solo existe en la cabeza de Rufián y en la de algún iluminado de la complutense— aspira a ser internacionalista mientras defiende las esencias locales. Quiere codearse con la gauche divine mientras huele a butifarra. Quiere ser cosmopolita sin moverse de su pueblo. Es el síndrome del provinciano con ínfulas, elevado a categoría política. Stalin también era un provinciano. Nunca salió de Rusia hasta después de la revolución, y cuando lo hizo fue para asistir a congresos donde no entendía nada. Su cosmopolitismo era de salón, como el de Rufián.

Pero cuidado: subestimar al provinciano es el error que cometieron Trotsky, Zinoviev y todos los que acabaron contra una pared. El provinciano tiene paciencia, tiene astucia, tiene esa mezcla de resentimiento y ambición que mueve montañas. Rufián lleva años esperando su momento. Y el momento ha llegado.

A Pedro Sánchez, el felón que gobierna España mientras destruye España, solo le queda un destino: seguir los pasos de Ábalos y Cerdán camino del juzgado. Cuando eso ocurra, la izquierda se quedará huérfana. Y los huérfanos necesitan un padre. Un padre severo, un padre que ponga orden, un padre que sonría mientras reparte estopa. Necesitan a su Stalin particular.

Y Rufián ya se ha postulado. Ya ha decidido que se queda en Madrid para siempre. Ya hay iluminados trabajando en el diseño de su politburó de pacotilla. Ya se ven los movimientos, los pactos, las sonrisas cómplices.

Porque en la España actual —y esto es objetivo, no opinión— las posibilidades de éxito político ya no se miden en talento, preparación o virtudes morales. Ahora el currículum se valora en miserias humanas. En chulería. En capacidad de soltar el discurso más radical sin despeinarse. En aguantar el tipo cuando te graban sonriendo mientras una fan propone asesinar a tus adversarios políticos. En ser capaz de bailar con Esther Expósito para salir en las revistas, embelesar a Vito Quiles para salir en los vídeos y poner celoso a Javier Ruiz para salir en las portadas.

El nuevo macho alfa sin piojos en la coleta. El nuevo Lenin español con sabor a butifarra de la Garriga. El nuevo Stalin de opereta que viene a salvar a la rojambre.

Stalin construyó el socialismo en un solo país. Rufián quiere construir su república independiente en la Moncloa. Son proyectos distintos, pero la esencia es la misma: el matón que llega para poner orden, el hombre fuerte que promete acabar con el caos mientras siembra el caos, el camarada que sonríe mientras los adversarios caen.

La diferencia, claro, está en la escala. Stalin mandó matar a millones. Rufián, de momento, solo sonríe cuando otros proponen matar. Pero el gesto es el mismo. La complicidad es la misma. El odio al que piensa distinto es el mismo.

Y mientras tanto, la izquierda española sigue buscando su matón. Lo han encontrado. Se llama Gabriel Rufián. Viste bien, habla con soltura, sonríe en el momento adecuado. Es el hombre que necesitan para liderar el Frente Popular de opereta, para quitarle escaños a VOX, para resucitar los grandes éxitos de la guerra civil. Es el Stalin que merecen: una versión de saldo, de pacotilla, de butifarra. Pero Stalin al fin y al cabo.

Bienvenidos al Gulag de la mediocridad. Las plazas están calientes. El camarada Rufián espera.

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