El beso de Judas 2.0: Sánchez vende España a Bildu y a los golpistas por veinte escaños

Mar 8, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El beso de Judas 2.0: Sánchez vende España a Bildu y a los golpistas por veinte escaños

Miente, pacta y gobierna: así es el presidente que prometió «nunca» apoyarse en Bildu ni en los independentistas y hoy les entrega la amnistía y las llaves del país a cambio de seguir en el poder

La historia siempre se repite: primero como tragedia, después como esperpento. Hace dos mil años, un tipo llamado Judas vendió a su maestro por treinta monedas de plata y pasó a la posteridad como el mayor traidor de la humanidad. Pero Judas era un aficionado. Un simple becario de la perfidia. Porque lo que hemos tenido que soportar en este país con Pedro Sánchez supera cualquier relato bíblico, cualquier ficción y cualquier límite de la vergüenza política.

Señoras y señores, bienvenidos al espectáculo de un hombre que ha hecho de la mentira un programa electoral, de la deslealtad una forma de gobierno y de la humillación nacional un hábito matutino.

El precedente bíblico: cuando la traición tenía algo de dignidad

Recapitulemos las escrituras. Judas Iscariote, el apóstol número 12, el último de la lista, el que siempre miraba con recelo. Los evangelios cuentan que vendió a Jesús con un beso. Un gesto de afecto convertido en sentencia de muerte. Su pecado: la avaricia. Su condena: el desprecio eterno.

Ahora miremos a Pedro Sánchez Pérez-Castejón. El discípulo que durante años prometió que jamás pactaría con Bildu. El predicador que en 2016 paseaba su verbo por Córdoba para soltar aquella frase que hoy debería perseguirle como un fantasma: «Aquellos que decían que iba a pactar con los independentistas con tal de ser presidente, ahora callan».

¿Qué ha sido de aquel Pedro Sánchez? Se lo digo yo: se ha convertido en el peor enemigo de aquel que prometió. Y lo peor no es que haya cambiado de opinión —que todos tenemos derecho a rectificar—, lo peor es que lo ha hecho con la sonrisa del que disfruta humillando a quienes le creyeron.

Bildu: de terroristas a «socios preferentes»

Cuando ETA mataba, cuando Bildu homenajeaba etarras, cuando los proetarras reventaban las calles del País Vasco, Pedro Sánchez pedía el voto prometiendo que jamás se sentaría con ellos. Pero el poder tiene esa capacidad maravillosa de borrar la memoria y anestesiar la vergüenza.

Hoy, Bildu no es solo un socio parlamentario. Es «el socio más estable y fiable» del Gobierno de España. Lean eso otra vez, porque duele. El socio más estable de España es el brazo político de quienes durante décadas asesinaron, extorsionaron y sembraron el terror. Y mientras tanto, las víctimas del terrorismo asisten atónitas a este esperpento, viendo cómo quienes les arrebataron a sus seres queridos deciden ahora los presupuestos de la nación.

¿Alguien recuerda las palabras de Sánchez en 2020? «No voy a permitir que Bildu marque el paso de la política española». Pues no solo lo ha permitido: les ha entregado las llaves del Congreso, les ha dado altavoz y les ha blanqueado su pasado criminal. Lo que no lograron con las balas lo han conseguido con los votos: doblegar al Estado.

La amnistía: el «nunca jamás» que duró lo que un tuit

Y luego está el capítulo de la amnistía. En junio de 2021, Sánchez miraba a cámara y decía: «No habrá referéndum de autodeterminación» y su partido «nunca jamás lo aceptará». Pero resulta que en política española el «nunca jamás» caduca a los pocos meses, cuando los independentistas huelen la debilidad del gobierno y deciden poner precio a su apoyo.

Ahora tenemos una ley de amnistía que borra delitos de sedición, malversación y desórdenes públicos a quienes intentaron romper España. Por si fuera poco, la justicia europea mira con lupa este despropósito mientras Sánchez, cual prestidigitador, intenta convencernos de que esto no es una humillación, sino un acto de «generosidad» y «normalización».

Normalizar, según su diccionario, es perdonar a quienes llamaron «fascistas» a los jueces, a quienes desobedecieron al Tribunal Constitucional y a quienes huyeron de la justicia en el maletero de un coche.

El cinismo elevado a arte: la cuadratura del círculo

Lo más grotesco de todo este espectáculo es el ejercicio de cinismo que Sánchez y su gobierno realizan a diario. Por un lado, su portavoz, Pilar Alegría, llama «cobarde» al candidato de Bildu en campaña vasca por no condenar ETA. Por otro, en Madrid, su partido negocia con ellos como si tal cosa. Es la esquizofrenia política llevada al extremo: el electorado de derechas escucha una cosa, el de izquierdas otra, y al final todos contentos porque cada uno se queda con lo que quiere oír.

Pero hay algo que no cuadra. La ciudadanía no es tonta. Las encuestas empiezan a reflejar el cansancio, el hartazgo, la vergüenza ajena de ver cómo un presidente se arrastra ante quienes hace nada señalaba con el dedo. Y mientras, el espectáculo continúa: ruedas de prensa sin preguntas, comparecencias televisadas y una corte de aduladores que aplauden cada nueva contradicción como si fuera un hallazgo filosófico.

Judas, al menos, tuvo dignidad para ahorcarse

La Biblia cuenta que Judas, al ver las consecuencias de su traición, sintió remordimiento, devolvió las monedas y se quitó la vida. No justifico el suicidio, pero al menos reconozco que tuvo un momento de lucidez, un instante en el que supo que había hecho algo mal.

Pedro Sánchez, en cambio, no solo no siente remordimiento: se pavonea. No solo no devuelve los escaños: los acumula. No solo no se ahorca: se presenta a las elecciones europeas para demostrar que la desfachatez tiene premio. Su remordimiento es cero. Su deseo de poder es infinito. Y mientras tanto, España asiste al mayor espectáculo de degradación institucional desde la Transición, viendo cómo un hombre es capaz de vender cualquier cosa —la palabra dada, la Constitución, la memoria de las víctimas— por veinte escaños.

Al final, la diferencia entre el Iscariote y el secretario general del PSOE es que el primero traicionó a su maestro. El segundo ha traicionado a España entera. Y lo peor de todo: lo ha hecho con una sonrisa, convencido de que la historia le absolverá.

Pero no, presidente. La historia no olvida. Y desde luego, los que tenemos memoria, tampoco.

 

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