El misterio que dura 155 años
MADRID. La tarde del 27 de diciembre de 1870 estaba helada y Madrid estaba cubierta de una espesa niebla. El carruaje del general Juan Prim, presidente del Gobierno, avanzaba por la calle del Turco cuando se detuvo en seco. Varias figuras envueltas en amplias capas emergieron de la penumbra y descargaron sus trabucos contra la berlina a escasos metros del Congreso de los Diputados. Lo que ocurrió en los siguientes minutos, y sobre todo en los tres días que tardó en morir el líder más influyente del momento, no solo truncó su vida, sino el rumbo de la España moderna. Más de un siglo y medio después, nuevas investigaciones señalan al más alto nivel del Estado como cerebro de la trama.
El ataque: una emboscada minuciosa
Prim, el militar héroe de guerras en tres continentes y artífice de la monarquía democrática de Amadeo de Saboya, salía del Congreso acompañado por dos de sus ayudantes. La emboscada fue meticulosa: ocho pistoleros cerraron el paso a su carro, otros dos cubrían la retaguardia desde otra berlina y dos más vigilaban la esquina de la calle de la Greda. Un hombre «alto y con sombrero de alas muy anchas» dirigía la operación in situ.
A pesar de la lluvia de disparos, el cochero logró partir a toda velocidad, burlando a una segunda patrulla de asesinos apostada en la cercana calle de Alcalá. Prim fue trasladado al Palacio de Buenavista, su residencia oficial. En un principio, las heridas —un trabucazo en el hombro izquierdo y daños en una mano y un codo— no parecían mortales. Sin embargo, su estado se complicó y falleció el 30 de diciembre. El parte médico oficial habló de complicaciones, pero el rumor de un posible envenenamiento o de una negligencia médica intencionada nunca se ha disipado del todo.
La nueva investigación: nombres, apellidos y un regente en el centro
El magnicidio generó un sumario judicial de 78 tomos y 18.000 folios, pero durante décadas buena parte de esos documentos, casi ilegibles por el deterioro, no fueron analizados en profundidad. Una investigación reciente a cargo de los historiadores José María Fontana y Alfredo Redondo, tras cinco años de trabajo, ha transcrito y examinado ese volumen ingente de información. Sus conclusiones, publicadas en el libro ‘El asesinato del general Prim‘, apuntan con el dedo a los autores materiales e intelectuales con una claridad inédita.
La investigación identifica al organizador directo del atentado: José María Pastor y Pardillo, jefe de la seguridad personal del general Francisco Serrano. Según los investigadores, Pastor estuvo presente en la calle del Turco y fue reconocido por el testimonio de una mendiga que resultó herida en el tiroteo. En total, participaron trece personas en la acción.
La implicación de Pastor coloca, sin ambages, en el epicentro de la conspiración a su protector: el general Francisco Serrano, duque de la Torre y Regente del Reino. Serrano, líder del partido Unión Liberal que gobernaba en coalición con Prim, era, según la Constitución de 1869, inviolable. «Juan Prim y Prats era el principal enemigo a batir», explica Alfredo Redondo, coautor de la investigación. Para los investigadores, solo alguien con «grandes recursos y grandes influencias» podía haber orquestado un plan de tal envergadura.
¿Por qué querían acabar con Prim? Un hombre con demasiados enemigos
Prim era, en 1870, el obstáculo para casi todos los proyectos políticos en liza. La investigación de Fontana y Redondo los enumera con precisión:
- Para los Borbones: Prim había sido decisivo para su derrocamiento en 1868 y, preguntado en el Congreso por un posible retorno, respondió: «Nunca, nunca, nunca».
- Para el duque de Montpensier, cuñado de la reina Isabel II y aspirante al trono.
- Para los republicanos, a los que bloqueda su camino al poder.
- Para el propio regente Serrano, cuyo poder se vería reforzado con la desaparición de su principal compañero y rival.
- Para los intereses esclavistas cubanos, que temían que Prim, partidario de la abolición, vendiera la isla a Estados Unidos.
«Prim era el obstáculo principal», resume la investigación. Un obstáculo que demasiados poderosos decidieron eliminar.
Una investigación saboteada desde el poder
La pesquisa judicial estuvo condenada al fracaso desde el inicio. Se sucedieron los jueces, que no llegaban a dominar la complejidad del caso, y el proceso se vio sometido a presiones políticas directas. «Cuando gobernaba Ruiz Zorrilla se adelantaba el sumario y cuando le tocaba a Serrano (…) se frenaba», señala Redondo.
El nuevo rey, Amadeo I, llegado a España justo el día de la muerte de Prim, prometió llegar hasta el fondo. Cuenta la leyenda que en la capilla ardiente, la esposa de Prim le dijo al monarca: «Vuestra Majestad no tendrá que buscar muy lejos», y con un gesto señaló al propio Serrano, que estaba presente. Pero sin su valedor Prim, el reinado de Amadeo I fue corto e inestable, y la investigación se archivó.
El proceso concluyó en 1872 con una sentencia que absovió a todos los detenidos. El chivo expiatorio fue el diputado republicano José Paúl y Angulo, quien, habiendo huido al extranjero, fue condenado en rebeldía. La nueva investigación, sin embargo, exculpa por completo a Paúl y Angulo, demostrando la falsedad de todas las pruebas que se presentaron contra él.
La sentencia, según los historiadores, fue el resultado del «más duro sometimiento de jueces y fiscales», impulsado por figuras como Antonio Cánovas del Castillo, interesado en despejar el camino para la futura Restauración borbónica.
Legado: el «nunca» que todavía resuena
Prim, el catalán que más tiempo ha presidido el Gobierno de España, dejó un legado profundo: la Constitución democrática de 1869, el sufragio universal masculino, la separación entre Iglesia y Estado, la libertad de culto y de prensa, y hasta la instauración de la peseta como unidad monetaria. Fue un europeísta adelantado y un español convencido que nunca vio contradicción «entre sentirse muy catalán y muy español».
Su asesinato, el primero de un presidente del Gobierno en la historia de España —al que seguirían los de Cánovas, Canalejas, Dato y Carrero Blanco—, sumió al país en una inestabilidad de la que no saldría hasta años después. Un crimen de Estado que, 155 años después, empieza a perder su condición de misterio gracias al riguroso trabajo de la historiografía. La niebla de aquella tarde madrileña se disipa, por fin, para mostrar un cuadro de traición y ambición en las más altas esferas del poder.









