El espectáculo que nos ofrece Pedro Sánchez en su último intento por ser relevante en el escenario internacional
Imaginen un malabarista que, en lugar de pelotas y mazas, intenta hacer volar por los aires una decena de acuerdos políticos frágiles y condicionados, mientras una guerra, una ley y un Parlamento esperan su caída. Este es el espectáculo que nos ofrece Pedro Sánchez en su último intento por ser relevante en el escenario internacional: querer enviar tropas a Ucrania cuando llegue el ansiado alto el fuego, pero tropieza primero con su propia realidad parlamentaria.
La política exterior ambiciosa se topa de bruces con la política doméstica de la minoría crónica. Un presidente que presume de «mayorías estables» cuando estas se niegan, una tras otra, a darle un cheque en blanco. De París a la Moncloa, del anuncio triunfalista a la ronda de negociaciones desesperada. El contraste es casi artístico.
Los socios: el muro de los «sí, pero…» y los «no» rotundos
El bloque de investidura, ese conglomerado de sensibilidades que a duras penas sostiene al Gobierno, responde con una sinfonía de negativas y condiciones que deja en evidencia la soledad de Sánchez.
- Podemos: el «no» como doctrina. Ione Belarra no se anda con rodeos: califica la operación de convertir a España en la «empresa de seguridad» de Estados Unidos para que Washington pueda acceder a las tierras raras ucranianas «con tranquilidad». Su eurodiputada, Irene Montero, va más allá y sugiere que Sánchez le pida el voto «a la derecha amiga de Trump». Para los morados, esto no es geopolítica, es neocolonialismo repartido como una tarta.
- Izquierda Unida (en Sumar): el «no» técnico. Enrique Santiago, portavoz de IU, es contundente: «No vamos a apoyar enviar tropas a una guerra». Solo contemplarían una fuerza de interposición bajo un mandato explícito del Consejo de Seguridad de la ONU, algo prácticamente inviable dado el veto ruso.
- BNG y Compromís: el coro de las condiciones. El Bloque Nacionalista Galego lo ve como una «decisión precipitada» que solo apoyaría si la piden «las dos partes» (Rusia y Ucrania) y bajo el amparo de la ONU o la OSCE. Desde el nacionalismo catalán, ERC expresa dudas profundas, temiendo que sea «la típica historia para acabar favoreciendo a EEUU».
- Sumar, PNV y Bildu: la cautela como estrategia. Sumar abre una puerta minúscula, pero solo para una misión de verificación de paz bajo bandera multilateral. PNV y EH Bildu simplemente piden más detalles y tiempo, optando por no pronunciarse y guardar la bazas.
En resumen, Sánchez no solo no tiene un «cheque en blanco», sino que ni siquiera le han dado el talonario.
La oposición: el PP, el espectador que disfruta del espectáculo
Mientras el bloque gubernamental se resquebraja, el Partido Popular adopta la postura del poker player que tiene las cartas ganadoras y no necesita enseñarlas. Juan Bravo, vicesecretario del PP, esgrime con sorna que «la posición del PP no será muy importante cuando el Gobierno presume de una mayoría estable». Su estrategia es clara: dejar que la tensión ahogue a Sánchez, esperar a que se enquiste en negociaciones y solo entonces, quizás, pronunciarse. Mientras, sus socios europeos (como el alemán Friedrich Merz) ya apoyan el envío de tropas, lo que deja al PP español en la incómoda posición de tener que alinearse tarde o temprano con Europa, pero no antes de haber sacado todo el rédito interno posible.
La Ley y la necesidad: por qué esta vez no hay atajos
La ironía final la pone el marco legal. Sánchez ha podido desplegar cazas en Islandia o infantería en Rumanía sin pasar por el Congreso, amparándose en misiones OTAN ya existentes. Pero Ucrania no es miembro de la OTAN. El artículo 17.1 de la Ley de Defensa Nacional es claro: para operaciones en el exterior no directamente relacionadas con la defensa de España, el Gobierno debe «recabar la autorización» del Congreso. No hay atajo posible. El hombre que navegó complejidades legales para permanecer en el poder, ahora se encuentra atrapado por la letra pequeña de una ley a la hora de proyectarlo fuera.
Un balance tragicómico
Así pues, el panorama es este: un presidente que busca un espaldarazo internacional se encuentra con que, para darlo, necesita primero el espaldarazo nacional. Y ese no llega. Depende de socios que le rechazan o le ponen condiciones de libro Guinness, y de una oposición que prefiere verle sangrar.
Sánchez, en su afán por mostrar liderazgo en Europa, ha puesto sobre la mesa una cuestión que desnuda su debilidad en Madrid. El fracaso no sería solo no enviar las tropas; el fracaso ya es visible en el simple hecho de tener que mendigar apoyos para una idea que nace coja en su propia casa. La obra se titula «El malabarista sin red», y el público, desde los escaños, ya empieza a silbar. El telón no cae, pero se descuelga torpemente, mostrando las poleas y cuerdas de una gobernanza al límite. La función, por ahora, debe continuar, aunque sea a base de parches y promesas imposibles.









