¿Cómo es posible que asesinos tengan escaño y las víctimas sigan esperando justicia?
En un país que se atreve a dar lecciones de democracia a sus vecinos, resulta sencillamente obsceno tener que explicar cómo una formación como Bildu, con dirigentes condenados por pertenencia a ETA y un líder como Arnaldo Otegi —quien cumplió condena por colaborar con la banda terrorista—, ocupe instituciones, gestione millones de euros públicos y sea recibida con honores en los salones del poder. La pregunta ofende, pero es necesaria: ¿dónde quedó la dignidad democrática? ¿Dónde el respeto a las 853 víctimas mortales del terrorismo etarra? La respuesta, desgraciadamente, es que en España la memoria histórica de los buenos, la de los que sufrieron el plomo y el miedo, se ha vendido al chatarra de la gobernabilidad.
Tolosa: huevos, pancartas y familias aterrorizadas dentro del cuartel
El último episodio de esta vergüenza nacional ha tenido lugar en la casa cuartel de Tolosa. Allí, mientras agentes de la Guardia Civil cumplían con su deber —el mismo que les ha costado la vida a muchos de sus compañeros—, un grupo de radicales proetarras lanzaba huevos contra la fachada y colocaba una pancarta intimidatoria. Y no lo hacían en un descampado, sino frente a un edificio donde residen familias enteras, con niños pequeños que tuvieron que escuchar los impactos y ver el odio pintado en las paredes de su propia casa. No son gamberradas. Son actos de terrorismo de baja intensidad, diseñados para infundir miedo y recordar a los uniformados que nunca estarán a salvo. Olaya Salardón, portavoz de la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC), lo dejó claro: «Es un riesgo intolerable para la seguridad de quienes dedican su vida al servicio público». Pero parece que para el Gobierno de Sánchez ese riesgo es perfectamente tolerable.
Campaña sistemática de acoso: de la Ertzaintza al último toro de Osborne
Lo ocurrido en Tolosa no es un hecho aislado, sino una pieza más de una ofensiva orquestada y sostenida en el tiempo. Los proetarras llevan meses atacando a la Policía en el País Vasco, con especial saña contra la Ertzaintza, a la que señalan como «cipayos falangistas». Las últimas pintadas han aparecido en Amurrio, en el campo de fútbol de la localidad, con un mensaje tan explícito como escalofriante: «Cipayos falangistas a la soga», acompañado del nombre de un agente concreto. Esto no es expresión política. Es una invitación al linchamiento. Y mientras esto ocurre, la banda de Otegi también se dedica a quemar banderas, destrozar sedes del Partido Popular, señalar a comerciantes que venden productos españoles y, en un gesto de furia identitaria, derribar el último Toro de Osborne del País Vasco, en Rivabellosa (Álava). La pregunta es inevitable: ¿quién financia, protege y ampara a estos energúmenos? La respuesta, también inevitable: Bildu, que con sus silencios cómplices y sus discursos equidistantes, les da cobertura política.
Otegi: el mismo perro con diferente collar
Arnaldo Otegi no es un político cualquiera. Es un condenado por pertenencia a ETA, por intentar reconstruir la banda desde la cárcel y por liderar el brazo político del terrorismo. En su día, cuando la kale borroka quemaba autobuses, atentaba contra sedes de partidos y dejaba calles blindadas por el miedo, Otegi daba las órdenes. Él señalaba los objetivos. Él decidía cuándo había que «incendiar la calle». Y las calles del País Vasco ardían. Ahora, con traje y corbata, se sienta en mesas de negociación, recibe fondos públicos y pronuncia discursos sobre «la ventana de oportunidad para avanzar en términos nacionales y sociales en Euskal Herria». Pero sus cachorros siguen incendiando contenedores, amenazando a policías y aterrorizando a familias en cuarteles. El perro ha cambiado de collar, pero la mordedura es la misma.
La farsa de la reconciliación: víctimas señaladas y verdugos aplaudidos
El relato de Bildu es tan cínico como efectivo: hablan de paz, de convivencia y de derechos humanos, pero jamás condenan el terrorismo de ETA sin ambages. Nunca piden perdón a las víctimas. Nunca devuelven el botín robado. Nunca colaboran con la justicia para esclarecer los 300 asesinatos sin resolver. En su mundo al revés, los terroristas son «presos políticos», los guardias civiles son «ocupantes» y los demócratas, «fascistas». Y lo peor de todo es que este discurso del odio tiene eco en las instituciones gracias a la complicidad del Gobierno de Pedro Sánchez que necesita los votos de Bildu para seguir en La Moncloa. Así de sencillo: la dignidad de una nación se ha cambiado por siete escaños.
La hipocresía del Gobierno: ni condena, ni medidas, ni dignidad
Mientras los cuarteles amanecen con pintadas, mientras los agentes son señalados públicamente, mientras los símbolos de España son destruidos, mientras los asesinos son vitoreados como héroes, el silencio del Ministerio del Interior es ensordecedor. No hay refuerzos. No hay medidas excepcionales. No hay ni una sola palabra firme que ponga límites a esta escalada. Al contrario: el Gobierno de Pedro Sánchez ha normalizado a Bildu, le ha cedido la palabra en el Congreso, le ha aprobado presupuestos y le ha permitido que sus dirigentes se sientan como estadistas. ¿Qué mensaje se manda a los terroristas? Que el chantaje funciona. Que la intimidación paga. Que la democracia española está dispuesta a arrodillarse ante quien escupe sobre sus muertos y su bandera.
Una sociedad anestesiada: el cansancio cómplice
También es cierto que una parte de la sociedad española ha decidido mirar hacia otro lado. El hartazgo, la fatiga y la sensación de que «esto no va conmigo» han convertido la indignación en resignación. Pero la resignación es la antesala de la cobardía. Permitir que Bildu campé a sus anchas, que sus radicales amenacen a policías y que sus dirigentes mientan sin rubor es un flaco favor a la memoria de quienes cayeron. Las víctimas no pueden permitirse el lujo del olvido. Los Guardias Civiles que viven en cuarteles como el de Tolosa tampoco. Si la democracia no es capaz de defender a quienes la defienden, entonces no merece llamarse democracia.
O se pone fin a esta vergüenza, o la historia nos juzgará como cómplices
España no puede seguir haciendo equilibrios entre la decencia y la necesidad de gobierno. Bildu no es un partido más. Es la continuación del terror por otros medios. Sus dirigentes no son políticos. Son antiguos terroristas que no han cambiado de ideas, solo de estrategia. Y sus seguidores no son activistas. Son descendientes de una generación que educó en el odio y el plomo. Mientras se sigan tolerando actos como los de Tolosa, mientras no se ilegalice a Bildu, mientras no se expulse de las instituciones a quienes nunca condenaron el asesinato, estaremos construyendo una democracia de cartón piedra, que se desmoronará al primer soplo de coherencia. La pregunta final es para los ciudadanos: ¿hasta cuándo vamos a permitir que los asesinos tengan escaño mientras las víctimas siguen llorando en silencio?
La complicidad democrática
«El lobo no entra en el redil porque la puerta esté abierta,
sino porque el pastor se hace el dormido
y vende la lana de las ovejas muertas.
Así, cuando los asesinos pasean por la plaza
y los cuarteles amanecen escupidos,
no busques al verdugo en la sombra:
mira al que ató el perro con correa de gobierno,
al que llamó socio al que nunca dijo “perdón”.
De todos los culpables, el peor no es el que aprieta el gatillo,
sino el que le limpia la sangre de la mano
y le pone una silla en el parlamento.
Y ese, en España, tiene nombre y apellido:
Pedro Sánchez.»









