Análisis de ficción: El día que la doctrina Sánchez se hizo añicos

Mar 4, 2026

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Cuando el pacifismo de salón se encuentra con la yihad

Advertencia: Lo que sigue es un ejercicio de ficción política. Un «qué pasaría si». Pero como toda buena ficción, se sostiene sobre los pilares de la realidad: las contradicciones, los gestos, los silencios y los equilibrios de quienes gobiernan. Esto no ha ocurrido. Pero podría. Porque en política, la coherencia no se hereda: se demuestra.

La foto de Sánchez con los embajadores árabes, su negativa a colaborar con Estados Unidos en cualquier acción contra Irán, ese postureo perpetuo de «hombre de paz» en los foros internacionales… Todo se desmorona como un castillo de naipes cuando el terror llama a tu puerta. O más bien, cuando entra por ella y degüella a tus conciudadanos.

Mientras Pedro Sánchez posa estos días como el adalid de la no violencia frente a los «halcones de Washington», hay una pregunta incómoda que nadie en Moncloa quiere responder: ¿seguiría siendo tan exquisitamente diplomático si las víctimas fueran españolas?

Porque es muy fácil predicar la «desescalada» y la «solución dialogada» cuando los muertos los ponen Israel y los propios ciudadanos de Irán. Es muy cómodo erigirse en juez moral de la comunidad internacional sentado en un despacho con aire acondicionado, lejos del olor a pólvora y sangre.

El Sánchez de pacotilla: mucho postureo y pocas tragaderas

La realidad es tozuda: Sánchez basa su política exterior en un difuso «multilateralismo bienpensante» que funciona exactamente hasta que alguien te pega un tiro. Su famoso «no a la guerra» suena muy progresista en los titulares, pero encierra una hipocresía de fondo: ese «no» se sostiene precisamente porque otros —Estados Unidos, Israel y los propios iraníes— son los que se juegan el tipo.

Pero imaginen por un momento que Irán, en lugar de limitarse a agradecer sus gestos, decidiera que España es un objetivo blando. Que la Guardia Revolucionaria —o sus satélites de Hamás o Hezbolá, esos a los que Sánchez nunca menciona cuando habla de «diálogo»— reventaran una escuela en Madrid, un mercadillo en Barcelona o un autobús lleno de ancianos en Sevilla.

¿Qué haría entonces el campeón de la paz perpetua?

La metamorfosis: del «no a la guerra» al «papacito, sálvame»

Lo primero que desaparecería sería esa sonrisita de superioridad moral. Y acto seguido, asistiríamos al espectáculo más patético: veríamos a Pedro Sánchez, el mismo que hoy se niega a colaborar con Trump, llamando por teléfono desesperado a Washington para que activen el Artículo 5 de la OTAN.

La paradoja es tan grotesca que casi da risa: el presidente que se llena la boca hablando de que «la violencia nunca trae paz» se vería obligado a suplicar a los bombardeos estadounidenses que le saquen las castañas del fuego.

Porque, seamos sinceros, ¿qué otra cosa podría hacer? ¿Enviar una nota de protesta a Teherán? ¿Convocar una cumbre de urgencia de la Internacional Socialista? ¿Pedirle a Yolanda Díaz que medie con los ayatolás?

La verdad incómoda: el pacifismo de salón no detiene terroristas

Lo que este escenario hipotético revela es la profunda vacuidad de la política exterior de Sánchez. Una política construida sobre eslóganes y buenas intenciones, pero sin un milímetro de análisis geopolítico real. Porque gobernar no es solo decir «no a la guerra» cuando te preguntan si prestas tus bases. Gobernar es tener un plan para cuando la guerra —o el terrorismo de Estado— viene a buscarte a casa.

Y Sánchez no tiene ningún plan. Su única estrategia es esconderse detrás del paraguas de la OTAN mientras critica a quienes sostienen ese paraguas. Es el comensal que desprecia al cocinero pero se come su comida con la boca llena.

La doble vara de medir: Irán no es Israel

Resulta especialmente irritante observar cómo Sánchez modula su supuesta defensa de los Derechos Humanos según el interlocutor. Con Israel no duda en pontificar sobre crímenes de guerra y en amenazar con sanciones. Pero con Irán, cuyo régimen es una teocracia que lapida mujeres, ejecuta homosexuales y financia el terrorismo internacional, no merece ser atacada.

¿Por qué esa diferencia? ¿Acaso los niños muertos por los terroristas proxies de Irán en Israel merecen menos condena que los de Gaza? ¿O es que el voto de la comunidad israelí en España pesa menos que el de la musulmana?

La respuesta es incómoda: Sánchez no tiene principios, tiene cálculos electorales. Y si eso significa no apoyar a destruir a un régimen terrorista con tal de no incomodar a según qué sensibilidades, pues se blanquea. Total, los muertos están lejos.

El día que la hipocresía estalló en mil pedazos

Si ese fatídico día llegara —Dios no lo quiera, y ojalá este análisis siga siendo solo ficción—, veríamos al verdadero Sánchez. Al que no sale en los mítines. Al que no posa con la bandera de la paz.

Lo veríamos, probablemente, convertido en el más ferviente defensor de la intervención militar. Lo veríamos justificando lo injustificable con la misma soltura con la que antes lo condenaba. Lo veríamos abrazándose a esos mismos americanos a los que ahora desprecia, pidiendo bombas, drones y soldados contra Irán.

Y lo más triste de todo es que lo haría con la misma hipocresía con la que hoy hace lo contrario. Porque Sánchez no es un hombre de convicciones, es un hombre de circunstancias. Un oportunista que va donde le lleva el viento, siempre que ese viento no le manche el traje.

Pero cuando el viento trae olor a sangre española, hasta los oportunistas más cínicos se ven obligados a elegir bando. La cuestión es: ¿sería entonces demasiado tarde?

Mientras tanto, en Moncloa siguen haciendo equilibrios, confiando en que el horror nunca llame a su puerta. Y si llama, ya pedirán perdón. O ayuda. Lo que toque en ese momento.

 

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