Y mientras tanto, ¿qué ocurre con la “ayuda” que tanto les importa? La historia de las flotillas solidarias con la dictadura cubana es un catálogo de despropósitos: envíos de medicinas que se pudren en almacenes porque el gobierno no permite su distribución independiente, alimentos que refuerzan el monopolio estatal, y un flujo de recursos que nunca se traduce en una menor represión ni en un ápice de libertad para los cubanos. Pero al Sr. Iglesias el Coleta Cortada y al Sr.
Corbyn eso no les importa. Lo importante es la declaración de principios, el vídeo en 4K, el tuit con la bandera cubana y el corazón rojo. Lo demás — la hambruna, los apagones, las colas, los jóvenes que se juegan la vida en una balsa— es ruido molesto que estropea el relato.
Si existe un ejemplo perfecto de lo que en América Latina se llama con desprecio certero “izquierda caviar”, esta es su versión más depurada y exportable. Iglesias, que hizo de su chalet en Galapagar un símbolo de la contradicción entre el discurso revolucionario y la vida acomodada, ahora ha decidido llevar ese modus vivendi al Caribe. Allí está, desde el confort climatizado del Bristol, explicando que el comunismo es hermoso mientras a pocos metros de la puerta del hotel los cubanos reales malviven con salarios de 20 dólares al mes, sin libertad de expresión, sin acceso a internet libre y sin posibilidad de abandonar su país sin un permiso estatal. Pero no se preocupen: él ya tiene el visado de regreso. Y el avión pagado. Y el minibar que nadie le va a racionar.
Estos personajes no son más que la versión contemporánea de los turistas revolucionarios de los años 70 que viajaban a la Unión Soviética a maravillarse con el comunismo desde los hoteles de la Intourist, mientras el pueblo hacía colas para comprar pan. La única diferencia es que ahora tienen redes sociales para retransmitir su circo en directo, y una legión de acólitos que aplauden cada pose como si fuera una gesta. Lo llaman solidaridad. Lo llaman internacionalismo. Pero cualquier observador con un mínimo de honestidad intelectual —y sin necesidad de ser de derechas— lo llama por su nombre: postureo, hipocresía y complicidad activa con una dictadura que sobrevive, en parte, porque estos personajes le proporcionan un barniz de legitimidad internacional.
Y mientras ellos posan en el balcón, el pueblo cubano sigue esperando. Esperando que algún día sus supuestos defensores dejen de tomarse fotos en hoteles de lujo y empiecen a exigir aquello que realmente necesitan: libertad, democracia y el derecho a no ser gobernados por un régimen que solo merece el apoyo de quienes no tienen que padecerlo.
Pero eso, claro, no cabe en un vídeo de Instagram. No se tuitea con un corazón. Y sobre todo, no se puede grabar desde el balcón de un cinco estrellas sin que la contradicción salte por los aires y los deje en evidencia. Porque al final, el problema no es que Iglesias se aloje en un hotel de lujo: es que pretenda que, desde allí, nadie vea la distancia que separa su comodidad del sufrimiento que dice querer aliviar.









