El país de Pedro Sánchez: Cuando la realidad supera la ficción

Feb 21, 2026

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El ‘New York Times’ tacha de «democráticamente inviable» la regularización masiva de Sánchez y destapa la deriva autoritaria de un presidente que gobierna de espaldas a las urnas, mientras su familia se hunde en los tribunales y sus ministros hacen turismo penitenciario

Si la democracia española fuera un paciente en la UCI, habría que preguntarse quién ha desconectado el respirador. La respuesta, por dolorosa que resulte, tiene nombre y apellidos: Pedro Sánchez Pérez-Castejón. El inquilino de La Moncloa ha conseguido lo que parecía imposible: que hasta The New York Times, ese periódico progresista que durante años ha mirado hacia otro lado cuando se trataba de santificar los experimentos sociológicos de la izquierda europea, haya tenido que sacar la lupa y certificar la agonía.

«Democráticamente inviable». Así califica el rotativo estadounidense el decreto de regularización masiva de inmigrantes que Sánchez pretende sacar adelante por la vía de los hechos consumados. Tres palabras que deberían hacer tambalearse los cimientos de un gobierno que ya no sabe cómo disimular su naturaleza autoritaria. Tres palabras que resumen lo que muchos venimos denunciando desde hace años: esto ya no es un gobierno, es un régimen sanchista en construcción.

Porque no nos engañemos. Aprobar un decreto de semejante calado sin haber ganado las elecciones —y lo que es más grave, sin que le importe lo más mínimo haberlas perdido— no es un simple exceso. Es la firma de los regímenes que han decidido que las urnas son un estorbo. Es el gesto de quien se sabe impune. Es, en definitiva, la constatación de que Pedro Sánchez ha decidido gobernar como si los españoles no existieran.

La legitimidad secuestrada 

Hay quien todavía se pregunta cómo es posible que un presidente que no ganó las elecciones siga aferrado al poder. La respuesta es sencilla: ha construido su mayoría parlamentaria sobre los escombros de la decencia. Con Bildu, que todavía no ha condenado los asesinato de más de 800 personas. Con los independentistas que se fugaron de la justicia. Con los herederos del comunismo más radical que todavía creen que la propiedad privada es un robo. Con lo peor de cada casa, vamos.

Y mientras tanto, el presidente sonríe. Sánchez ha desarrollado una capacidad inquietante para aislarse de la realidad. Podría decirse que habita en una dimensión paralela donde la Constitución es papel mojado, la separación de poderes un invento de la prensa reaccionaria y la justicia, simple rumor.

Su mujer, Begoña Gómez, imputada en varios procedimientos judiciales que cualquier ciudadano de a pie habría resuelto ya con un bochorno insoportable. Su hermano, procesado. Dos secretarios generales de su partido en la cárcel. El fiscal general del Estado, condenado. Y los ministros, entrando y saliendo de los juzgados con la misma naturalidad con la que un oficinista va a por café.

Pero no pasa nada. Sánchez sigue erre que erre. Impertérrito. Como si la justicia fuera una patraña mediática. Como si los jueces, todos ellos, formaran parte de una conspiración universal contra su persona.

El fiscal general del estado. Condenado: El fin del estado de derecho

Pongamos el foco donde duele. Por primera vez en la historia democrática de España, el fiscal general del Estado —la máxima autoridad del Ministerio Fiscal, el encargado de velar por la legalidad— ha sido condenado. Y no por un delito menor, sino por revelación de secretos. El número dos de la justicia española, sentado en el banquillo como un delincuente común.

En cualquier país con instituciones mínimamente sólidas, esto provocaría una crisis de gobierno inmediata. Dimisiones en cascada. Comparecencias urgentes. Pero en la España de Sánchez, la reacción del presidente fue tan previsible como patética: «Confío plenamente en él». La misma cantinela de siempre. La misma defensa numantina de los suyos. La misma complicidad con quienes deberían ser los garantes de la ley y resultan ser los primeros en vulnerarla.

Y mientras Sánchez habla de regeneración democrática. La desfachatez elevada a categoría de arte.

El nuevo Valle de los Caídos de Sánchez 

Hay una imagen que resume la degradación moral de este gobierno. En la tribuna de honor del Congreso de los Diputados, el mismo lugar desde el que se debería honrar a las víctimas del terrorismo, a Sánchez se le ocurrió dar el pésame a Bildu por el fallecimiento de un terrorista de ETA en la cárcel.

Lean esto bien: el presidente del Gobierno de España, el mismo que jura su cargo ante la Constitución, mostrando sus respetos por la muerte de un etarra. Mientras tanto, las víctimas esperan. Las de ETA, las del terrorismo yihadista, las de la violencia callejera, todas ellas esperan una palabra de consuelo que nunca llega.

Porque Sánchez tiene otras prioridades. Como felicitar a Hamás después de la matanza de civiles israelíes. Como alinearse con los dictadores de medio mundo mientras Europa mira con preocupación a Ucrania. Como regalar la dignidad nacional a cambio de unos votos que le mantengan en la poltrona.

El aislamiento internacional, un hecho consumado

Ya ni llaman. La Moncloa puede vender humo con viajes relámpago y fotos de archivo, pero la realidad es tozuda: Sánchez se ha convertido en el apestado de Europa. Cuando los líderes europeos se reúnen para tomar decisiones importantes, a Sánchez le llegan los acuerdos por fax. Y no es para menos. ¿Quién quiere sentarse al lado de quien ha pactado con los herederos de los asesinos? ¿Quién quiere estrechar la mano de quien ha felicitado a una organización terrorista?

El aislamiento es tal que hasta sus socios naturales en la socialdemocracia europea empiezan a poner distancia. Pero a Sánchez esto no le preocupa. Él tiene su propia hoja de ruta: cuanto más le señalan, más se encastilla. Cuanto más le aíslan, más se radicaliza. Porque en el fondo, el presidente sabe que su única posibilidad de supervivencia es profundizar la brecha, alimentar la polarización, convertir España en un laboratorio de experimentos autoritarios.

La sociedad anestesiada 

Y aquí llegamos al meollo de la cuestión. Lo más grave de todo no es lo que Sánchez hace, sino lo que los españoles permiten. Porque en este país, la indignación ha sido sustituida por el bostezo. La sociedad, anestesiada por el ruido permanente, por la polarización mediática, por el agotamiento de años de excepcionalidad política, asiste con pasmo a este sainete esperpéntico.

Su mujer está imputada. Su hermano, procesado. Sus ministros, en la cárcel. Sus socios, homenajeando a los asesinos de ETA. El fiscal general, condenado. La vicepresidenta primera, salpicada por un caso de corrupción que implicaba a su jefe de gabinete. Y el presidente, erre que erre, como un Cid Campeador de lo cutre, gobierna por decreto, sin haberse molestado siquiera en ganar las elecciones.

Y mientras tanto, el New York Times —sí, el mismo periódico que algunos en la izquierda consideran su biblia particular— le llama «democráticamente inviable». Tremendo. Tremendo y peligroso.

La pregunta que nadie quiere responder

¿Hay algún límite para este hombre? ¿Alguna línea roja que no esté dispuesto a cruzar? Porque hasta ahora ha pisado todas las que encontró a su paso: la Constitución, la decencia, la credibilidad institucional y, por supuesto, la inteligencia de los votantes.

Podría tener a todos sus ministros en prisión y seguiría gobernando. Podría tener a su mujer condenada y seguiría sonriendo. Podría tener media España en la calle y seguiría erre que erre. Porque Sánchez no entiende la política como servicio público, sino como misión personal. No concibe el poder como una responsabilidad, sino como una propiedad privada. Y en esa deriva, España se juega algo más que un gobierno: se juega su propia existencia como democracia.

Cuando la impunidad se convierte en rutina, el problema ya no es el autócrata de turno. El problema son los que le miran y, encogiéndose de hombros, deciden que no pasa nada. El problema es una sociedad que ha normalizado lo anómalo. El problema es un país que ha decidido que esto no va con ellos.

Porque cuando desaparezca la última institución, cuando los jueces sean meros comparsas, cuando la prensa independiente haya sido acallada, cuando la separación de poderes sea solo un recuerdo, entonces será demasiado tarde para preguntarse cómo pudimos llegar hasta aquí.

Y la respuesta será sencilla: llegamos porque miramos hacia otro lado. Porque preferimos el ruido al análisis. Porque nos resignamos. Porque decidimos que, total, no pasaba nada.

Pues pasa. Pasa, y mucho. Pasa que España se desangra lentamente mientras su presidente, impertérrito, sigue erre que erre. Como si nada. Como si la democracia fuera un estorbo. Como si los españoles no existiéramos.

SOBRE EL AUTOR: Un español que escribe cuando la realidad le supera, que es casi siempre.

 

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