Héctor de Miguel, ‘Quequé’, abandona la Cadena SER tras un historial que mezcla la mofa de tragedias con el acoso judicial, dejando al descubierto una carrera sostenida por la provocación gratuita y el servilismo político disfrazado de sátira
La controvertida trayectoria de Héctor de Miguel, ‘Quequé’, ha encontrado un abrupto y previsible final. Su salida de la Cadena SER tras una grotesca parodia sobre el accidente ferroviario de Adamuz —con 45 fallecidos— no es un acto de dignidad, sino la consecuencia inevitable de quien durante años confundió el humor con la falta de ética, la sátira con el acoso, y la crítica con el servilismo político más rastrero.
El sketch infame: cuando la tragedia se convirtió en moneda de cambio
Lejos de ser un error aislado, el último programa de Hora Veintipico fue la expresión máxima de un modus operandi basado en la transgresión sin propósito. Bajo el alias de «Macho Abad», Quequé montó un falso plató llamado «En boca de bobos» para satirizar la cobertura informativa de la tragedia. En lugar de una crítica inteligente, ofreció un espectáculo de mal gusto que incluía conexiones falsas y preguntas como «¿Quién crees que tiene la culpa y por qué Óscar Puente?».
El momento de mayor cinismo llegó con la pregunta: «¿Qué mata más ahora mismo en España? ¿Los trenes o los menas?». Esta comparación, tan grotesca como innecesaria, demostró que para el cómico las víctimas de Adamuz eran solo un recurso más para la provocación, un peón en su particular batalla comunicativa. Que luego intentara justificarse afirmando que su objetivo era la «comedia con lo que había alrededor de la desgracia» es un insulto a la inteligencia y al dolor ajeno.
Un patrón de comportamiento: del acoso judicial a la ofensa sistemática
Lo ocurrido con Adamuz no es una excepción, sino la regla en la carrera de Quequé. Su historial está plagado de acciones que han traspasado repetidamente la línea de lo legal y lo decente:
- Procesamiento por acoso: Un juzgado de Valladolid lo ha procesado por incitar a sus seguidores a acosar telefónicamente a Polonia Castellanos, presidenta de Abogados Cristianos. La campaña, que generó más de 1,200 llamadas ofensivas en un solo día, llevó a la letrada a temer por su vida y la de sus hijas.
- Imputación por apología de la violencia: Fue investigado por la Justicia tras bromear sobre «dinamitar el Valle de los Caídos» y «apedrear a sacerdotes». Aunque esas diligencias se archivaron, muestran su recurrencia a un humor que coquetea con la incitación al odio.
- Antecedentes de ofensas y disculpas forzadas: Ya en 2018, la Cadena SER tuvo que pedir disculpas públicas por chistes de Quequé y su equipo en La Vida Moderna que ofendieron a personas con autismo y a la ciudad de Huelva. El propio cómico admitió entonces en redes: «No fue mi mejor momento y no estoy orgulloso», una confesión que hoy suena a guión repetido.
La retirada que no es tal: cinismo en la despedida
Su anuncio de «retirada» es la última farsa de una carrera construida sobre la polémica. Presentarlo como una decisión personal («el cuerpo me lo pedía») es ignorar la evidencia: fue la presión pública, el rechazo masivo y muy probablemente la incomodidad de su propia emisora las que precipitaron su salida.
En su comunicado de despedida, incapaz de una autocrítica genuina, se limitó a lanzar un último dardo: «Si la parodia del inefable escoció, fue porque el dardo dio en la diana». Esta justificación pueril revela su verdadera naturaleza: la de alguien que, ante la incapacidad de crear humor inteligente, opta por el insulto fácil y luego se escuda en la supuesta «incomodidad» que genera su «audacia».
El fin de una era de mal gusto
La salida de Quequé de la SER no es una pérdida para el humor español. Es una oportunidad. Una oportunidad para reivindicar una sátira que critique el poder en lugar de servirle, que cuestione a todos los bandos por igual en lugar de actuar como perro de presa de uno solo, y que, sobre todo, entienda que hay líneas que no se cruzan: el dolor de las víctimas de una tragedia nacional es una de ellas.
Su legado no será el de un cómico valiente, sino el de un provocador profesional cuyo humor, carente de ingenio y humanidad, encontró por fin su límite. Un límite marcado por 45 vidas perdidas que, para desgracia de todos, él no supo ver.









