Cuando Puigdemont Gobernaba la «Barcelona Oriental» desde el Idilio con el Kremlin
En el gran tablero geopolítico global, donde las superpotencias juegan con fuego, se dibuja una figura peculiar: Carles Puigdemont, el «Zar» en el exilio de Waterloo. Lejos de su pretendido trono catalán, este monarca sin reino ha tejido un idilio tan improbable como revelador con el zar moderno del Kremlin, Vladimir Putin. Es la crónica de un satélite político que intentó orbitar en dos sistemas a la vez: la Europa que dice admirar y la Rusia que celebra cuando tropieza.
La historia, tejida de viajes a Moscú, celebraciones por los reveses europeos y una corte itinerante en Bélgica, pinta un cuadro de ironías profundas. Es el relato de un movimiento independentista que, en su búsqueda desesperada de reconocimiento, bailó peligrosamente cerca del poder ruso, encontrando en Putin un espejo distorsionado de sus propias ambiciones.
Una corte en Waterloo y viajes a Moscú: los boyardos del nuevo zar
En el centro de esta trama se encuentra la peculiar corte del «Zar Carles I», un gobierno fantasma con sede en Waterloo —símbolo histórico de derrotas— desde donde se emiten decretos virtuales. Su jefe de oficina y canciller de esta corte es Josep Lluís Alay, gestor de contactos internacionales cuya hoja de ruta incluye tres viajes a Moscú que han levantado más de una ceja.
En la capital rusa, Alay fue presentado a figuras como Yevgueni Primakov, descrito como «la mano derecha de Putin en el Kremlin», y con Sergei Sumin y Artyom Lukoyanov, este último hijo de un asesor presidencial. El puente hacia estos contactos fue Alexander Dmitrenko, un empresario ruso en Barcelona a quien las autoridades españolas le denegaron la nacionalidad por sospechas de vínculos con inteligencia rusa.
Mientras, desde su exilio, el Zar Puigdemont ha perfeccionado el arte de gobernar en la distancia, utilizando las redes sociales como ukases modernos y creando una liturgia propia con rituales de lealtad y retórica mesiánica. Su movimiento, como todo zarato que se precie, ha tenido sus luchas de sucesión y purgas internas.
La alianza de tronos: por qué un zar necesita a otro zar
La conexión con Rusia adquiere su pleno sentido cuando se observa como el encuentro de dos zaratos. Putin, el zar moderno del Kremlin, y Puigdemont, el zar en el exilio, se reconocen en el espejo distorsionado de sus ambiciones:
- Una narrativa victimista frente a «imperios opresores» (la UE/OTAN vs. España).
- La concentración de poder en figuras carismáticas.
- El uso de plebiscitos con resultados predeterminados.
- La creación de enemigos externos simplificados.
Para entender la motivación rusa, basta el manual postsoviético: Rusia ha utilizado históricamente los movimientos secesionistas como instrumento de desestabilización. Desde Abjasia hasta Crimea, el patrón se repite. Cataluña encajaba perfectamente: su independencia hubiera agravado el «proceso de desintegración de la UE», debilitándola económica y militarmente, y «desatando las manos de Rusia». El Kremlin no necesitaba creer en la causa independentista; le bastaba con explotar la crisis interna de un Estado miembro de la UE y de la OTAN.
Celebración en la dacha: cuando la derrota de la UE es una victoria
La sintonía se hizo especialmente visible en diciembre de 2025, cuando Alay celebró con entusiasmo una «derrota histórica» para la Unión Europea: la decisión de no utilizar los activos rusos congelados para financiar a Ucrania. En la red social X, el jefe de oficina del zar catalán elogió al primer ministro belga, Bart De Wever —un apoyo de Puigdemont en Europa— por infligir este revés a los líderes europeos.
La celebración fue más allá. Alay compartió y aplaudió la irónica declaración de De Wever, quien bromeó: «Ahora me voy a mi dacha de San Petersburgo, donde mi vecino es Depardieu y en la casa de enfrente tengo a Asad. Creo que podré ser el alcalde de este pueblo». Para el entorno de Puigdemont, que la UE no tocara los fondos rusos era un «índicio más del suicidio europeo».
Estas declaraciones revelan la profunda contradicción: un movimiento que se presenta como progresista y europeísta encuentra razones para celebrar cuando la UE —que dice querer integrar— sufre un revés que beneficia al régimen autocrático de Putin.
El espejo postsoviético y la coronación frustrada
Durante la crisis de 2017, la conexión se hizo incluso simbólica: territorios secesionistas patrocinados por Rusia, como Osetia del Sur, abrieron una «oficina de representación» en Barcelona, un gesto de apoyo y un intento de legitimarse mediante analogía.
La ironía alcanzó su punto más agudo en un incidente casi cómico en Moscú: durante una conferencia, Alay, presentado como experto en el Tíbet, lanzó una defensa tan intensa del independentismo catalán que «indignó a los historiadores rusos» presentes, quienes le recordaron que Rusia nunca apoyaría un movimiento separatista. Una lección de realpolitik que el zarato catalán no quiso aprender.
El momento de máxima ironía política llegó cuando este zar sin corona intentó su regreso triunfal en 2023. El viaje planeado como una procesión imperial se convirtió en un escape de gato escaldado, demostrando que su zarato existía más en la retórica que en la realidad. Su inmunidad parlamentaria —el equivalente moderno al «toque real»— resultó menos protectora de lo esperado.
Negaciones y archivos: el idilio que no cesa de cesar
Frente a las acusaciones, la defensa del entorno de Puigdemont ha sido constante. Alay insiste en que «nunca buscó el apoyo del Kremlin», comparando sus gestiones con las realizadas en otras capitales europeas. El caso judicial «Operación Voloh» fue archivado, aunque se ha señalado que esto se debió más a un fallo formal que a una absolución de fondo.
Sin embargo, informes de inteligencia europea y medios internacionales han detallado la persistencia de estos contactos incluso después de 2017, sugiriendo que se mantuvo viva la búsqueda de apoyos en Moscú cuando las puertas de Occidente estaban cerradas.
Hoy, el Zar Carles I reina pero no gobierna, atrapado en la ironía histórica de que, para dividir España, debe coquetear con quien más amenaza la Europa que dice querer integrar. Su alianza implícita con el zar Putin —basada en el principio de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo»— revela las contradicciones fundamentales de un movimiento atrapado entre su retórica progresista y sus posibles alianzas regresivas.
Un idilio, en efecto, que para fortuna de todos, nunca llegó a consumación, pero que sigue ofreciendo una lección sobre los riesgos de buscar amistades en los lugares menos apropiados cuando la desesperación política llama a la puerta. El zar sin trono y el zar del Kremlin: un encuentro de orbitas políticas que quizás nunca debió ocurrir.








