Crítica irónica al gobierno feminista y de progreso

Dic 7, 2025

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 Crítica irónica al gobierno feminista y de progreso

Círculo virtuoso o vicioso de complicidades

Qué bien nos vendría un diccionario para traducir el idioma sanchista. «Feminista» parece significar aquí: «círculo virtuoso o vicioso de complicidades donde el silencio se impone con sonrisa de portavoz, preferiblemente tras una orgía en parador nacional». Y «progreso»: «avance imparable hacia atrás en la ética pública, disfrazado de camiseta morada, mientras un microbús cargado de distracciones espera en la puerta del balneario ideológico».

El gran misterio del sanchismo no es su habilidad para sobrevivir, sino su capacidad para producir figuras totémicas como José Luis Ábalos: el hombre que convirtió un ministerio en una terminal de aeropuerto y un parador de Teruel en el Bar Coyote de la política nacional. Ábalos es la piedra filosofal que transforma el servicio público en servicio de alterne, el comisionista que hilvana saunas, contratos y fiestas con prostitutas traídas expreso como si organizara un viaje de estudios. Y lo más milagroso: después del escándalo, el presidente sólo conocía «su faceta comisionista». ¡Vaya alivio! Uno temía que conociera la otra.

El caso Ábalos debería estar en los manuales de doble pensamiento político: cómo construir un relato feminista de vanguardia mientras tu brazo derecho organiza fiestas con mujeres remuneradas en establecimientos públicos. La coartada oficial —»no escuché nada porque no pasó nada»— es de una genialidad surrealista. Pilar Alegría, portavoz y ministra, habría hecho mejor callando, pero su «ufanía» negacionista completa el cuadro: en el reino del feminismo de cartón, la evidencia se disuelve con una sonrisa y una falta de ortografía.

Ábalos es el alfa y omega de esta hipocresía estructural. Su Peugeot recorriendo España no como vehículo de servicio, sino como símbolo móvil del todo vale. Su renuncia forzada no como acto de responsabilidad, sino como trámite incómodo. Y su legado: la normalización del «y tú más» como única doctrina ética. Porque si el que organiza el ninfa-bús es de los nuestros, entonces Bruto sólo es un parricida cuando el puñal lo empuña la derecha.

Lo genial del sanchismo abaliano es su elasticidad moral:

  • Para el público: «¡Denunciad siempre, hermanas!»
  • Para el partido: «Hermana, Paco Salazar (el de la bragueta creativa) es un tipo íntegro; lo de la altura de la silla es un malentendido».
  • Para los medios: «Actuamos con celeridad… aunque a veces la celeridad tarde años y requiera un microbús».

El Comité Federal se convierte así en una tragicomedia: el mismo presidente que anima a las mujeres a alzar la voz preside la maquinaria que silencia, cuando no viste de «complot» las denuncias contra los suyos. La militante que esperaba solidaridad recibe, en su lugar, la lección de realpolitik: «Salazar es un buen tipo al que alguien quería cortar las alas». Las alas, claro, no la costumbre de ajustarse la ropa interior tras el baño frente a compañeras aterradas.

Y mientras, Antonio Navarro en Torremolinos completa el círculo: ofreciéndose «depilado» por si hay un desliz. No se sabe qué es más preocupante: la propuesta o la previsión. Es el toque final a este feminismo de pega: de la sauna al despacho, de la frase guarra al lema empoderador, todo vale si se salpica con la salsa de la lucha ideológica.

Conclusión irónica: Ábalos no es la excepción; es el arquetipo. Demuestra que en este «gobierno feminista y de progreso» se puede ser, simultáneamente, el organizador de orgías low cost y el adalid de la igualdad. Hemos pasado del «sí, se puede» al «sí, se calla». Del feminismo como revolución ética al feminismo como eslogan vacuo que cubre como una toallita (la de Tito Berni) los comportamientos más rancios. La izquierda que prometía purificar la política española necesita ahora, urgentemente, un bromuro colectivo. Por el bien del prójimo, y sobre todo, por el de aquellas a las que sigue animando a volver a casa solas y borrachas, sin advertirles que los peligros más inminentes no rondan en la derecha rancia, sino en los pasillos del propio partido feminista. Basta con cambiar de chaqueta (y asegurarse de que en el microbús no hay periodistas). El verdadero «empoderamiento» que ofrecen es el de aprender a callar cuando el depredador lleva carnet del partido. Las que pretendan volver a casa «solas y borrachas» harían bien en evitar los paradores, los pasillos de Ferraz y, sobre todo, la compañía de quienes pregonan una revolución moral mientras se suben la cremallera de la hipocresía.

 

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