Un ejercicio de desmemoria selectiva: la estrategia del desconocimiento como política de Estado
Ultima declaración de Sánchez: Sánchez, tras las acusaciones de Ábalos: “Todo lo que dice es mentira. No vamos a aceptar chantajes”“Yo tenía una confianza política en él, pero desde el punto de vista personal era un gran desconocido para mí, yo desconocía estas facetas suyas”
Lo que hemos presenciado en la última declaración del presidente Pedro Sánchez sobre su exministro José Luis Ábalos no es solo un episodio más de la crispación política. Es la representación pública, descarnada y casi pedagógica, de una de las patologías más graves que corroen la política contemporánea: la absoluta disociación entre responsabilidad, conocimiento y lealtad.
Afirmar, con una seriedad que aspira a convertirse en gravitas, que se tenía «confianza política» en una persona que era un «gran desconocido» desde el punto de vista personal, no es una simple paradoja. Es una confesión de una grave irresponsabilidad institucional. ¿Qué valor tiene la «confianza política» si no se asienta sobre el conocimiento mínimo del carácter y la ética personal del individuo? La frase revela una visión instrumental y utilitarista de las relaciones humanas dentro de la esfera pública: el colaborador es válido mientras es útil para el «proyecto», y su moralidad es un dato accesorio, irrelevante hasta que estalla el escándalo. Sánchez, en su intento por trazar una línea de defensa, ha delatado sin querer la precariedad ética sobre la que a menudo se construyen los equipos de poder.
Este «desconocimiento» estratégico es profundamente cínico y oportunista. No es creíble que el presidente del Gobierno, el secretario general de un partido, ignore las «facetas» de uno de sus hombres de mayor confianza durante años, alguien a quien encumbró a ministro y a quien encomendó la crucial Secretaría de Organización del PSOE. La política, y especialmente la de alto nivel, se basa en una confianza forjada en la intimidad de las crisis, en la trastienda de las decisiones y en la evaluación constante de las ambiciones y debilidades de cada cual. Pretender ahora que Ábalos era un extraño cuyo carácter se le escapaba no solo es inverosímil, sino que constituye un insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Lo que aquí se llama «desconocimiento» es, en realidad, la negativa previa a ver lo que no convenía ver y, ahora, la necesidad urgente de reescribir la historia para salvar la responsabilidad política del que otorgó esa confianza.
La contundencia con la que se tacha de «mentira» todo lo dicho por Ábalos y se rechazan los «chantajes» es la otra cara de la misma moneda: la necesidad de cerrar filas mediante la descalificación absoluta. En lugar de abordar con serenidad y transparencia las acusaciones de un antiguo núcleo duro del partido —que, independientemente de su motivación jurídica, señalan una profunda fractura y unas prácticas opacas—, se opta por el anatema. Se desacredita al mensajero para no tener que discutir el mensaje. Esta táctica, aunque efectiva a corto plazo para movilizar a la base más leal, envenena el debate público, degrada las instituciones y aleja aún más a la ciudadanía de una política que percibe como un juego sucio de trincheras y traiciones.
El verdadero problema de fondo que este episodio revela no es la caída en desgracia de un barón. Es la cultura de la impunidad y la ausencia de rendición de cuentas. Se promete una «regeneración democrática» mientras se practica el viejo arte de lavarse las manos en el momento crítico. El líder que se presenta como garante de una nueva ética pública no puede, cuando la tormenta arrecia, limitarse a afirmar que «no conocía» al hombre al que entregó las llaves de su organización. La responsabilidad política no es un interruptor que se pueda encender o apagar a conveniencia. Es un principio que exige responder por las personas a las que se eleva a los altos cargos y por los sistemas que se permiten o se fomentan.
En definitiva, lo que Sánchez ha hecho con sus declaraciones no es defenderse. Es exponer, de la manera más cruda posible, el vacío moral sobre el que a menudo se asienta el poder. Ha sustituido la autocrítica por el autoengaño, la asunción de responsabilidad por la amnesia selectiva, y ha demostrado que, en su lógica, la lealtad es unidireccional y condicional: se exige a los demás, pero no se otorga cuando deja de ser útil. Este episodio no dañará solo la imagen del presidente; daña aún más la ya maltrecha credibilidad de la política como servicio público. Porque cuando los ciudadanos escuchan a su máximo representante afirmar que desconocía por completo a uno de sus más estrechos colaboradores, no piensan en estrategias políticas. Piensan, con fundada desconfianza, que quizás sus gobernantes también los desconocen a ellos.
Moraleja: En la corte del Rey Sancho, el único pecado imperdonable no es la traición, sino ser pillado in fraganti. La lealtad es eterna… hasta que deja de ser conveniente. Y entonces, como por arte de magia, siempre fue un «gran desconocido».









