La Cobardía de ETA: Memoria Histórica, para que los asesinatos de ETA no caigan en el olvido
Cuarenta años después, el eco de la explosión en la Bajada de Javier aún resuena en la memoria de una ciudad que vio cómo el odio más absurdo segaba la vida de un niño y un policía nacional.
PAMPLONA. – Eran las 21:30 horas de un 30 de mayo de 1985. La ciudad comenzaba a envolverse en la tranquilidad del anochecer. En la Bajada de Javier, la rutina era la de cualquier otro día. Pero esa normalidad estaba a punto de ser brutalmente destrozada, convertida en el escenario de una de las páginas más negras y desgarradoras que se recuerdan.
Alfredo Aguirre, de 14 años, un chico alegre y deportista, pedaleaba camino de casa. Con su bicicleta, llegó al portal y pulsó el timbre del portero automático. Su mirada, curiosa y joven, se fijó en un detalle inusual: una bolsa abandonada junto al portal, un lugar donde entonces se depositaba la basura. Con la inocencia de quien no puede concebir el mal, se lo comentó a una vecina que observaba desde su ventana. En ese instante de inquietud infantil, su vida y la de otras muchas cambiarían para siempre.
Al mismo tiempo, se acercaba al lugar el policía nacional Francisco Miguel Sánchez. Junto a otros compañeros, respondía a una llamada al 091 que alertaba de un hombre armado con una navaja que amenazaba a una mujer. Cumplía con su deber, con el juramento de proteger. Dejaba en casa una viuda y dos hijas que ya no volverían a verle.
Lo que ninguno de ellos sabía es que eran actores involuntarios en una trampa mortal orquestada por la cobardía. La terrorista Mercedes Galdós, simulando estar embarazada, era el señuelo. Desde la distancia, observaba la escena y, en el momento preciso, dio aviso a su cómplice, José Ramón Artola, para que accionara el dispositivo.
El Silencio que Sustituyó a la Explosión
La bomba estalló con una violencia ensordecedora. Reventó vehículos, hizo añicos los cristales de las casas y proyectó una onda de destrucción que dejó tendidos en el suelo los cuerpos irreconocibles de Alfredo y Francisco Miguel.
Dentro de su casa, Mari Carmen Belascoain, madre de Alfredo, nunca pudo contestar a la llamada de su hijo en el telefonillo. El estruendo fue la única respuesta. Bajó despavorida a la calle, sumida en el caos y el horror. Entre los escombros y la confusión, se abrazó al cuerpo sin vida del policía, creyendo en su desesperación que era el de su hijo. Fue un detalle minúsculo, una zapatilla, lo que le hizo reconocer la verdad. La verdad más dolorosa. «¡Qué te han hecho, hijo mío!», exclamó, un grito que se convirtió en el lamento de toda una sociedad.
Justicia Tardía y Condenas
La justicia, aunque tardía, llegó. El 25 de marzo de 1986 fue desarticulado el comando Nafarroa, al que pertenecían Galdós, Juan José Legorburu y José Ramón Artola. En 1987, la Audiencia Nacional condenó a los tres terroristas a 85 años de prisión para cada uno: 30 por el asesinato de Alfredo Aguirre, 30 por el de Francisco Miguel Sánchez y 25 por tres delitos de atentado frustrado contra los otros tres agentes que resultaron heridos.
Pero ninguna condena puede llenar el vacío de una silla en la mesa, de un abrazo que no se da, de un padre que no ve crecer a sus hijas. La historia de aquella noche en la Bajada de Javier es un recordatorio eterno de la sinrazón del terrorismo, una herida que, aunque cicatrizada, sigue doliendo en el alma de Pamplona. Es la historia de un niño que solo quería llegar a casa y de un hombre que fue a protegerlo. Dos vidas, una misma injusticia. Un legado de dolor que nunca debe ser olvidado.









